ISABEL RUIZ: EL ARTE ES UNA CRÓNICA DEL HALLAZGO DE LA LUZ – Vania Vargas

Isabel Ruiz está indignada y esa fuerza la impulsa. No ilustra la rabia. Ella es la voz de la rabia”, concluye Juárez. Esa quizá sea una de las razones por las cuales, en la historia de la plástica guatemalteca, Isabel Ruiz es una isla. Esa y su condición de mujer que renuncia al derecho social de la contemplación, la representación y la transmisión de la belleza, y se dedica a traducir el horror, a hablar de una Guatemala a la que aún hoy se le sigue volteando la mirada

Vania Vargas

En el marco de la próxima inauguración de la muestra Isabel Ruiz: 30 años de silencio, la escritora Vania Vargas resalta la fuerza de una artista que ha trasladado a la estética la historia de violencia y  horror de Guatemala.

Texto tomado de ELPARACAIDAS

Penumbra y silencio pidió Isabel Ruiz cuando la Galería 9.99 le propuso hacer una revisión de su obra. La idea era crear la atmósfera necesaria para despertar todos los sentidos. Lo sabe perfectamente ella que, como artista y como mujer, ha vivido y creado en un país como Guatemala, en donde ambos elementos han sido, a lo largo de la historia, una amenaza que, a pesar de todo, no ha impedido “decir”, no ha impedido “hacer crecer”. De esa manera comenzó la adaptación del espacio que el 23 de abril puso a disposición del público una muestra de sus acuarelas, esa faceta de su trabajo que habla de su evolución como artista, de sus exploraciones técnicas, y de esas preocupaciones históricas y estéticas que la han convertido en uno de los iconos más fuertes y completos de la plástica guatemalteca, un icono que merece, con justicia, un redescubrimiento.

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Está por cumplir 70 años y por salir de una recaída física que la ha obligado a estar en cama, pero que no ha impedido que desde allí le dé seguimiento a sus ideas y proyectos. Pasa los días en su cuarto, se mantiene acostada, le cuesta moverse, pero las ideas no se detienen; le cuesta hablar y recordar, pero cuando dice “Guatemala”, “arte”, “infancia”, la emoción se le desborda, se le quiebra la voz, tensa las manos como si tratara de sostener con ellas todo el peso de lo que siente. Isabel Ruiz es fuerza y es ternura. Es fácil deducirlo cuando el espectador es arrollado por su pintura y sus instalaciones, o cuando se le escucha hablar de los talleres de arte para niños. Fuerza y ternura que a su vez son herencia de una madre amorosa, y de un padre dictatorial que optó por darle educación sólo a sus hermanos, y a cuyas espaldas se inscribió en la Universidad Popular para estudiar artes plásticas, ese segundo círculo, también dominado por los hombres, en el que iba a tener que poner en práctica lo que descubrió en casa y ha abanderando toda su vida: la resistencia. Fue alumna de Roberto Cabrera y de Galeotti Torres. En 1968 tuvo su primera exposición en las instalaciones de la UP: una serie de acuarelas con imágenes transformadas a través de su estado anímico, que hicieron que Cabrera, su maestro, la relacionara con la violencia de trazo y color del expresionismo alemán. El día de la exposición, Isabel Ruiz llegó vestida de blanco, se estaba casando con el arte. Fue el mismo año en que inició sus estudios de Grabado, esa técnica que se caracteriza por marcar las superficies, y que marcaría de manera particular su arte, su expresión.

Paréntesis

Estoy en el Taller experimental de gráfica, y mientras el artista Erick Menchú va por las placas de los grabados de Isabel Ruiz, yo exploro los botes que quizá contengan solventes, químicos o tintas; observo algunas impresiones, quizá recién salidas de la presión de los tórculos, y algunas placas en proceso. La relación del Taller con Isabel Ruiz ha sido larga. Ellos la acompañaron en el rescate de algunas láminas que había tallado en los años 80, y que luego se incluyeron en la edición de tres carpetas con sus grabados. Además, estuvieron junto a la artista en el proceso de producción digital de las piezas que se expusieron, a gran escala, en la muestra titulada “Retrográfica”, que organizó hace varios años el ArteCentro Paiz, a partir de la cual también surgieron otras totalmente digitales que se añaden a la larga lista de experimentación que Ruiz ha llevado a cabo a lo largo de su exploración de la expresión en el arte visual. Menchú me muestra las placas. Son pequeñas planchas de zinc, escindidas con finos surcos que crean una textura, y que funcionan como una matriz de la que sale una serie de impresiones. “Trabajarlas requiere un esfuerzo físico o químico para crear esos accidentes sobre la plancha”, dice Menchú, “Isabel Ruiz se valió de ambas técnicas, la manual y la química, para incidir en las placas. Le gustaba en especial la “punta seca”, que consiste en dibujar sobre la placa. Mientras más fuerza se le aplique, más negro será el dibujo que ya, de por sí, exige tener un trazo fuerte, preciso, porque no se puede borrar. Una técnica que a Isabel le servía para canalizar la furia, para hacer catarsis”. Sin embargo, llegó un momento en que los médicos prohibieron que Isabel se siguiera dedicando al grabado, debido al daño que le causaba el contacto con los solventes, tintas y químicos, entonces volvió a la acuarela, pero aplicando las técnicas del grabado, y empezó a rayar el papel, a rasgarlo, a herirlo. “Es imposible entender “la profundidad” de las rasgaduras de sus acuarelas o la introspección de sus gestos performáticos sin el antecedente del grabado”, opina la curadora Rosina Cazali, quien ha seguido su trabajo desde su participación en el grupo “Imaginaria”, donde a finales de los 80 estuvo produciendo junto con Moisés Barrios, Pablo Swezey, Luis González Plama, Daniel Chauche y Erwin Guillermo. “En el trabajo de Isabel: punzar, barrenar metal, corroer, desgastar, rasgar papel, pintar una línea gruesa sobre la pared o profundizar con buriles es sinónimo de herida, de evidenciar las heridas históricas que nos atraviesan”, concluye Cazali.

Paréntesis

El tiempo en el que empezó la producción artística de Isabel Ruiz coincidió con un momento oscuro y convulso para Guatemala. Más que alimentarse de sueños, Isabel se estaba alimentando de violencia, como afirmó en una entrevista publicada por el Centro Cultural de España. Eran años de conflicto, de represión contra estudiantes y movimientos sociales, años de desapariciones y muerte, de lucha contrainsurgente que arrasó comunidades rurales y persiguió a militantes e intelectuales. Se podría decir que eran tiempos de penumbra y silencio. Ruiz los vivió de cerca. Se había casado con el poeta Francisco Morales Santos en una ceremonia familiarmente clandestina en la Iglesia del Santo Cura de Ars, a donde llegó vestida de rojo. A través de su relación con el poeta, había iniciado también una relación duradera con la literatura, la poesía, y los poetas del Grupo Nuevo Signo. Juntos convivieron con escritores como Luis de Lión y Roberto Obregón, con su poesía, así como con la angustia de su desaparición. Juntos recogieron firmas para la liberación del intelectual Huberto Alvarado, estuvieron en el entierro de las víctimas de la Embajada de España, y volantearon, como parte de su militancia urbana. Crear, en esa época, era para Ruiz una manera de espantarse el miedo, era un intento simbólico de hacer prevalecer la vida, de encontrar un poco de luz. Así surgieron series pictóricas como “Historia sitiada”, “Río Negro”, “Desaguaderos”, “Sahumerios” y “Arqueología del silencio”. Oscuridad creada por capas sobre capas de acuarela. Tonos que emulan el color de la sangre seca, rasgaduras con bisturí que les provocan heridas de luz, inserción de imágenes desechadas por el fotógrafo Luis González Palma, como elementos por descubrir; iconografía de la cultura maya, fragmentos de poemas, de listas del supermercado, trazos violentos que delinean las pesadillas de la cotidianidad de un país sitiado. “Lo suyo podría haber sido un grito, pero fue arte”, escribió Rafael Cuevas Molina en la presentación de una de sus series en el Museo de arte costarricense. “Ella es un ejemplo del arte como expresión”, dice el crítico Juan B. Juárez, “Ruiz se expresa con naturalidad y compromiso, no solo con el arte, sino con la realidad y el pensamiento social. Hay que recordar que es heredera del grupo “Vértebra”, al que pertenecía su maestro Roberto Cabrera, es heredera de su preparación conceptual, ideológica y política, de su arte documental. Isabel Ruiz está indignada y esa fuerza la impulsa. No ilustra la rabia. Ella es la voz de la rabia”. Concluye Juárez. Esa quizá sea una de las razones por las cuales, en la historia de la plástica guatemalteca, Isabel Ruiz es una isla. Esa y su condición de mujer que renuncia al derecho social de la contemplación, la representación y la transmisión de la belleza, y se dedica a traducir el horror, a hablar de una Guatemala a la que aún hoy se le sigue volteando la mirada. “Isabel ha vivido intensamente ser mujer. Le ha tocado pelear su espacio, esquivar prejuicios y descalificaciones machistas de las peores. Isabel es una intelectual que denuncia su inconformidad y repele el corsé de lo que “debe representar” o “cómo debe ser” el arte hecho por mujeres”. Explica Rosina Cazali. Y tan es así, que, como declara Juárez, “ha logrado legar una expresión de mujer con una fuerza humana sin género ni comparación”, expresión que ha transitado no solo por la acuarela y el grabado, sino por el dibujo, la composición digital, la instalación, el performance y la pedagogía del arte para niños: esas criaturas que funcionan para Ruiz como pequeñas incisiones de luz en el panorama oscuro que plantea vivir en un país como Guatemala.

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La selección de acuarelas de la exposición “Isabel Ruiz: 30 años de silencio” intenta tocar los puntos que le preocupaban en cada una de las series que produjo, explica el artista y director de la galería, José López. “Se trata de piezas clave que fueron producidas entre 1988 y 1996, que estuvieron circulando por museos e instituciones como piezas aisladas, y que hoy dialogan en un mismo espacio. Las construcciones verticales de la serie “Río Negro” que hacen referencia a la estela maya; la presencia de los murciélagos en las piezas de “Desaguaderos”, relacionadas con Xibalbá; la transición entre “Río Negro” y la firma de la paz que se da en la pieza principal de la exposición, donde el color de la sangre seca habla acerca de la posibilidad de cicatrización; una muestra de la serie “Patoli”, que surge de la investigación de los patrones del juego; un autorretrato de “Sahumerios”, y el rescate del video de la coreografía armada por Ruiz para la obra del mismo nombre, producida junto con el bailarín Don Carlos, en la que Ruiz hace que los danzantes se muevan metidos dentro de costales, como una reflexión acerca de aquellos a quienes desaparecían de la misma manera y tiraban en ríos o lagos”. Explica López. “Lo valioso de su obra y su rescate es que Isabel desarrolló su arte en un tiempo en el que no era correcto tocar esos temas, donde era subversivo. Ahora es fácil hacer una interpretación, es lo correcto. Isabel tuvo el coraje para enfrentarse a una época”, opina el artista Darío Escobar, quien además, resalta la importancia de revisitar los antecedentes del arte contemporáneo que no es, para nada, producto de la casualidad. “La obra de Ruiz entrecruza muy bien con la de Pablo Swezey y Joaquín Orellana, un camino que luego recorrerá Regina José Galindo, Sandra Monterroso y Aníbal López, y que ella hereda de Roberto Cabrera”. Dice el escritor Javier Payeras quien, desde el Ministerio de Cultura está gestionando la entrega de la Orden presidencial “Carlos Mérida” para la artista. La misma que han recibido personajes como Efraín Recinos, Dagoberto Vásquez o Arturo Monroy, entre otros. El 23 de abril la galería encendió las cajas de luz requeridas por su obra para que el espectador lograra visualizar, desde la oscuridad, la misma luz que la artista ha visto surgir a lo largo de su búsqueda, y para que quizá también lograra, como ella, conmoverse y alcanzar una leve visión de la esperanza.

 Fuente: http://elparacaidas.blogspot.com/2015/06/isabel-ruiz-el-arte-es-una-cronica-del.html