La estética como compromiso plástico y social – Arturo Taracena

El historiador guatemalteco Arturo Taracena Arriola nos ofrece esta reseña biográfica sobre el maestro Roberto Cabrera Padilla, una de las referencias fundamentales del arte contemporáneo en Guatemala, fallecido el pasado 22 de julio de 2014 a los 75 años, 60 de ellos dedicados –como apunta el autor- “al engrandecimiento del arte latinoamericano y al compromiso de lograr una Guatemala más justa”.

POR ARTURO TARACENA

Publicado originalmente en EL ACORDEÓN

El lector informado de seguro notará que esta es una biografía incompleta del maestro Roberto Cabrera en la medida en que su vida artística, académica y política fue muy prolífica. Que sirvan estas líneas para recordarlo y dar a conocer a sus compatriotas algunos de  los trazos más importantes de ella con información de diferentes fuentes guatemaltecas y costarricenses.

Roberto Cabrera Padilla nació en la ciudad de Guatemala el 11 de diciembre de 1939, teniendo por parte de su madre raíces costarricenses. Estudió la primaria en la Escuela República de Costa Rica (1948 – 1953) y la secundaria y el bachillerato en la Escuela Nacional de Comercio (1954 – 1959). A los 14 años, por vocación, entró a estudiar a la Escuela Nacional de Bellas Artes, en el último año de gobierno de Jacobo Arbenz y cuando las artes pláticas guatemaltecas estaban marcadas por la impronta del Grupo Saker-ti. Tuvo como maestros al malogrado pintor Arturo Martínez y al grabador Enrique De León Cabrera. En 1958 participó en la Primera Bienal Interamericana de Pintura celebrada en México y en la Primera Bienal de Artistas Jóvenes de París. A partir de ese momento, Cabrera desplegó una rica actividad artística nacional e internacional, exponiendo en países como Estados Unidos, Suiza, España, Puerto Rico, Chile, Brasil, El Salvador, Honduras y Costa Rica. Junto a ello los premios por sus obras empezaron a llegarle en las ramas de grabado, dibujo y pintura.

En 1961 ganó el I Premio de Grabado en el Certamen Nacional de  Guatemala “Arturo Martínez”. Este arte, Cabrera lo estudió con De León Cabrera a finales de la década de 1950. Ello le implicó trabajar la xilografía, el linóleo, la calcografía y la litografía, a la vez que experimentaba con nuevos materiales (entre ellos el plástico) y el color. En ese taller entró en contacto con dos artistas que más tarde serían claves en su vida: Elmar Rojas (1937) y Marco Augusto Quiroa (1937).  Cabrera asumió entre 1964 y 1966 la clase de grabado en el Departamento de Artes Plásticas de la Universidad Popular de Guatemala. Ahí experimentó con la técnica matérica y el collage en cuadros al óleo de un figurativo abstracto, recurriendo a plasmar entre otros temas figuras prehispánicas, ciudadanos reprimidos, mujeres voluptuosas. El uso novedoso de la materia lo lanzó hacia la escultura, teniendo siempre debilidad por el plástico, la madera y el vidrio. En 1965 el Museo Metropolitano de New York adquirió uno de sus grabados y después lo hizo el Museo de Arte Moderno de esa ciudad estadounidense.

En cuanto al dibujo, su primer premio lo obtuvo en 1963 en el marco de la IX Muestra Internacional de Blanco y Negro de Suiza. Al año siguiente cosechó el Primer Premio de Pintura en el Salón Internacional de Valencia, España. De hecho, la neoyorkina Galería “Zegrí” habría de acoger obra suya en varias de sus exposiciones anuales. Por su obra pictórica sería incluido en Pintores de Guatemala de la Dirección General de Cultura y Bellas Artes, del Ministerio de Educación Pública (1967), un catálogo de los artistas guatemaltecos más destacados del siglo XX. Quien estaba a cargo entonces de la Dirección General era el pintor, abogado y periodista Mario Alvarado Rubio, quien durante el gobierno de Arévalo había editado el único catálogo entonces existente, el Índice de Pintura y Escultura  (Guatemala, Ministerio de Educación Pública, 1946).

Puntos de encuentro

A nivel laboral, en 1964 Cabrera asumió la dirección del taller de grabado de la Escuela Nacional de Bellas Artes, a raíz de que esta quedó vacante por el retiro del maestro De León Cabrera, pasando a ser el profesor de esa especialidad hasta mediados de los años setenta. Ese será el punto de encuentro con otros dos artistas ligados a la actividad creadora y difusora de arte en Guatemala: Luis Díaz (1939) y Arnoldo Ramírez Amaya (1944). En esa época, Cabrera pasó a investigar el recurso de las impresiones de la fotografía periodística, mientras los otros dos trabajaban sobre otros métodos para lograr efectos parecidos.

Su interés por el grabado hizo que en 1973 editase –escribiendo el ensayo introductorio– el folleto El grabado guatemalteco, publicado por la Dirección General de Cultura y Bellas Artes y el Estudio Taller “Cabrera”, que el artista fundó en 1971 y que funcionó como centro de enseñanza artística experimental hasta 1974. Para ese entonces, nuestro artista compartía vida con la canadiense Denise Sanche, quien cobró un papel de primer orden en su vida por ser una persona comprometida políticamente. Anteriormente, Cabrera había estado casado con la folklorista guatemalteca Olga Vilma Schwartz, la que lo interesó en las artesanías populares y con la que recorrió gran parte del país. Así descubrió la importancia del culto a Maximón/San Simón en una vasta área central poblada por indígenas y ladinos.

En cuanto a las propuestas plásticas con contenido social, Cabrera cobró notoriedad junto a Rojas y  Quiroa, cuando en marzo de 1970 dieron a luz el Manifiesto del Grupo Vértebra, en el que se planteaban varios ejes de creación artística: el interés por un nuevo humanismo, que no dejase de tomar en cuenta “el cilicio del progreso para superar todos los juegos conformistas y los cantos de sirena del mundial artepurismo”. Ello implicaba volver a la “expresión nuevamente figurativa –por decir humana y realista porque quiere mostrar al hombre desnudo– que practicamos”, en la medida en que esta debía de ser “acusadora y brutal. Protesta con color de juicio cáustico, crítica y cortante. Debe ser apasionada, catártica, directa”. Sin embargo, esto no implicaba dejar de tomar en cuenta el arte pasado y presente, pues ellos reconocían su “deuda con todos aquellos visionarios que dejaron en su pintura la huella de una humanidad latente. Los viejos y los nuevos, los muy conocidos, los anónimos, los ignorados. Pero fundamentalmente –concluían– no olvidamos los seres y las cosas del ambiente que nos rodea. Aquí vivimos y aquí están las raíces que nos atan”.

El paso inicial había sido la fundación de la Galería Vértebra, la que funcionó en la ciudad de Guatemala entre 1969-1971. Un documento previo de esta línea de pensamiento lo había publicado críticamente Cabrera en las páginas de El Imparcial  con el título Réplica a una disección: bisturí y vértebra, el 8 de abril de 1969. Para los integrantes del Grupo Vértebra era necesario asumir la necesidad de confrontar desde las artes los efectos de la militarización que para entonces ya sufría el Estado guatemalteco en el marco de la Doctrina de Seguridad Nacional y del impacto causado por la experiencia revolucionaria. Un mirada que en esos años otros artistas guatemaltecos también compartieron como fue el caso de Luis Díaz, quien saltó a la fama internacional cuando en 1971 ganó el primer premio de la Primera Bienal Centroamericana de Artes celebrada en San José de Costa Rica con la obra Guatebala (tres planchas consecutivas de metal, ensambladas con madera, en las que se muestra la secuencia de una figura acribillada por balas hasta desintegrarse).

 Tal compromiso social llevó a Cabrera, Quiroa y Rojas a asociarse al proyecto editorial que la Universidad de San Carlos de Guatemala emprendió con la publicación de la Revista Alero bajo la conducción de Roberto Díaz Castillo, entonces Secretario de la rectoría a cargo del licenciado Rafael Cuevas del Cid, y de Lionel Méndez Dávila, director general de la Dirección de Extensión Universitaria. El primer número apareció en los meses de julio-agosto de ese año y causó gran sensación tanto por su contenido como por la calidad de su diagramación e ilustración. De esa forma, retomando la tradición inaugurada por la Revista Guatemala (1945-1952) y continuada por la revista Lanzas y Letras (1958-1962), Alero se planteó combinar la palabra escrita con la imagen plástica en todas sus posibilidades tomando en cuenta el salto industrial y técnico del arte gráfico. Además, la revista asumía una dimensión centroamericana. En esta dimensión, como ensayista, Cabrera nos dejó el ensayo El artista y la sociedad centroamericana (Alero, 12, Guatemala, mayo-junio de 1975). Cabrera fungió como miembro de Consejo Consultivo y Director Artístico de la revista entre 1970 y 1978, y en esa tarea también resultaron claves las figuras de los escritores Marco Antonio Flores y José Mejía, y del periodista Manuel González.  El compromiso político fue separando a los miembros del Grupo Vértebra. Mientras Elmar René Rojas confirmó su militancia en el Partido Democracia Cristiana Guatemalteca, Quiroa y Cabrera se alinearon con las posturas revolucionarias del momento, pasando este último a trabajar con las Fuerzas Armadas rebeldes –FAR– en la medida en que en esa coyuntura de recomposición organizativa, estas retomaron la línea de trabar políticamente en el seno del mundo intelectual guatemalteco. En esa dirección, cobró notoriedad la brigada artística que Marco Antonio Flores encabezó en la USAC en 1973 y que tuvo como máxima expresión artística los maravillosos murales de denuncia social realizados bajo la conducción plástica de Arnoldo Ramírez Anaya.

En el ámbito laboral, entre 1973 y 1981 Cabrera fue catedrático en las facultades de Arquitectura, Agronomía, Humanidades y de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Carlos. Es esta última fungió como coordinador de la Comisión de Investigación durante los años 1980 y 1981, durante los que diseñó la política de investigación. Además, fue miembro del Consejo Editorial y director artístico de la revista Cuadernos Universitarios, editada por la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales entre 1979 y 1980.

El exilio

La represión bajo el gobierno de general Lucas García lo haría exilarse en Costa Rica en 1981, país donde vivió durante quince años. Allí obtuvo la licenciatura en Artes Plásticas, Summa Cum Lauden, de la Universidad Nacional, en 1984. Asimismo, desarrolló una amplia actividad académica siendo profesor del Colegio de Artes Plásticas y miembro del Consejo Académico de Diseño Industrial de la Universidad Autónoma de Centro América (1983-1986); miembro del Consejo Asesor de la Escuela de Arquitectura, Universidad de Costa Rica (1983-1989), profesor e investigador en la Facultad de Filosofía y Letras y del Centro de Investigación, Docencia y Extensión Artística (CIDEA) de la Universidad Nacional, en la ciudad de Heredia (1982-1987). En 1987, Cabrera obtuvo el Premio especial del Ministerio de Cultura alemán en el concurso “Intergrafik” de Berlín.

En Costa Rica, Cabrera profundizó además la faceta de investigador plástico y de ensayista. Interesado por las culturas populares, especialmente de la región de Guanacaste, durante años entrevistó en ella a diferentes artesanos, vaqueros y campesinos, lo que dio por resultado su libro Santa Cruz, Guanacaste, una aproximación a la historia y cultura populares (Ediciones Guayacán, San José, 1989) y Tierra y ganadería en Guanacaste (Editorial Tecnológica de Costa Rica, San José, 2007), trabajos en los que combinó la investigación de campo, con la técnica de la historia oral, la búsqueda de documentos en todo tipo de archivos y bibliotecas. Asimismo, se dedicó durante años a escribir el libro Cien años del arte costarricense, que cubre el período 1890-1990, y que debía de editar la Librería Lehman en San José, pero que los costos materiales y factores de orden político han impedido que salga a la luz.

Paralelamente, Cabrera fue en ese país. de 1989 a 1995, presidente de la Asociación Costarricense para el Estudio e Investigación  de la Vertiente del Pacífico (Aceivpa); investigador para Plumsock Mesoamerican Studies, Vermont, EE. UU. (1989-1994); miembro de la Comisión Interinstitucional de Folklore y Cultura Popular del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes (1990-1991); vicepresidente de la Asociación Nacional Para el Desarrollo y la Promoción de las Culturas Populares (1994-1997); gerente e Investigador Principal de CERCA, Arte Visual Litda. (1992-1997).

Costa Rica es también el país de su segunda esposa, la filósofa y socióloga Cristina Zeledón Manguel con quien Cabrera se había casado a finales de los setenta y había fundado una familia: Irina y Natalia María Cabrera Zeledón. Más tarde, separado de Cristina, compartió vida en Costa Rica con la ciudadana rusa Ludmila Kikisch Martiniuk. A su vez, continuó colaborando con las FAR en el papel de estructurar la solidaridad internacional. Producto de ello fue la serie de pinturas acrílicas sobre la represión militar, que fueron plasmadas en carteles de gran dimensión e impresos en Estados Unidos para ser repartidos en los continentes americano y europeo con la finalidad de sensibilizar a la opinión mundial sobre lo que pasaba en Guatemala.

El regreso

Los Acuerdos de Paz de 1996 le dieron la posibilidad de regresar a su país al año siguiente. De inmediato se vio inmerso en la elaboración de un nuevo Plan de Estudios  para Proceso de Reestructuración y Consolidación de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, lo que derivó que entre 1998 y el 2000 fuese el interventor-coordinador de la ENAP a la vez de que en esta se desempeñaba como profesor. Ello le dio la oportunidad de elaborar, junto a Irma Lorenzana de Luján, el ensayo Arte visual contemporáneo guatemalteco (Guatemala, Agencia de Cooperación Española/Comunicarte, 1999). En este, ambos pintores se dieron a la tarea de analizar la carrera de 15 artistas  guatemaltecos a partir de la generación del sesenta, enmarcando su obra en un panorama general de la evolución de las artes plásticas del país. Por otra parte, la crítica estadounidense Shifra Goldman, pionera en el estudio del arte latinoamericano, dedicó dos ensayos sucesivos a la obra de nuestro personaje, intitulados Roberto Cabrera, una apreciación (Exposición Homenaje a Roberto Cabrera, Programa Permanente, Fundación Paiz, 1996) y Roberto Cabrera, maestro de la plástica guatemalteca, (Guatemala, Fundación Paiz, 1997).

Con la energía que lo caracterizaba, en Guatemala Cabrera se dedicó esta vez a ser Presidente de la Asociación de Artes Visuales (1999-2001); presidente de la Asociación Guatemalteca para la Producción y la Comunicación del Arte (Comunicarte, 1998-2006) y, en el gobierno de Alfonso Portillo, consultor de la Oficina del Comisionado Presidencial para la Modernización y Descentralización del Estado (Comodes) del Programa de las Naciones Unidas para  el Desarrollo (PNUD, 2001) y director general del Centro Cultural “Miguel Ángel Asturias”, bajo la supervisión del Ministerio de Cultura y Deportes. En este trabajó el período de 2000 a 2001, teniendo como resultado una experiencia que le dejó mal recuerdo al haber sido boicoteado por el sindicato de trabajadores por lo que presentó su renuncia.

Mientras estuvo al frente del Teatro Nacional, Cabrera se propuso durante los fines de semana poner en práctica la experiencia investigativa adquirida en Costa Rica en el trabajo histórico-antropológico de las artes populares en el interior del país. Así, se lanzó a la  investigación del culto y rituales en torno a las figuras de Ri Laj Mam o Maximón y San Simón, principalmente en los municipios de Santiago Atitlán (Sololá), Samayac (Suchitepéquez) y San Andrés Itzapa (Chimaltenango). Luego, con la fundación del Taller de Estudio e Investigación-Ciencias y Arte (TEI/CA) en 2003, Cabera se lanzó al trabajo de formación con jóvenes artistas tz’utujiles y kaqchikeles, dando a la par talleres y conferencias sobre arte, arquitectura, culturas populares, religiosidad popular y rituales indígenas. Su discípulo más destacado en esta etapa es Benvenuto Chavajay (San Pedro la Laguna, Sololá, 1978), quien nos recuerda que Cabrera le dijo: “No te voy enseñar a pintar, sino a pensar”. Cabrera ha sido en Guatemala uno de los padres del arte conceptual y sus discípulos no dejen de recordarlo cada vez que producen una obra.

En su casa de la 7a. avenida de la zona 2, el maestro Roberto Cabrera Padilla no solo poseía una biblioteca de más de 10 mil volúmenes sobre arte, antropología, historia, filosofía, sino que acumulaba una muestra de sus pinturas, esculturas e instalaciones, así como la de otros artistas guatemaltecos y centroamericanos. Su último esfuerzo organizativo fue ser director general en la Junta Directiva de la Sociedad de Artes Visuales Guatemaltecas (Artvig), como sociedad de gestión colectiva y de derechos patrimoniales de los autores del país. En esa labor lo sorprendió la muerte el 22 de julio de 2014, a la edad de 75 años, 60 de ellos dedicados al engrandecimiento del arte latinoamericano y al compromiso de lograr una Guatemala más justa. Recordemos las palabras que en 1993 le dijo a Carlos René Escobar sobre sí mismo: “Las culturas son procesos de relevo de generaciones o de artistas. Yo cumplí mi papel”. Cumplamos el nuestro no olvidándolo.

Fuente: http://bdc.elperiodico.com.gt/es/20150215/elacordeon/8589/La-est%C3%A9tica-como-compromiso-pl%C3%A1stico-y-social.htm