LA DIGNIDAD DE LOS CHUNCHES. BENVENUTO CHAVAJAY

“Mis padres me enseñaron a tratar de vivir estas conexiones, a hablar con la piedra, bañar en el lago, tratar de que ese árbol tenga su sentido y tratar de que esa bolsa plástica negra que está volando arriba del pueblo pueda ser como un pájaro… Es lo más lindo tener una conexión. Todo lo que hago es una forma de sentir.”

Benvenuto Chavajay. Anestesia. 2015. Cortesía del artista
Benvenuto Chavajay. Anestesia. 2015. Cortesía del artista

Benvenuto Chavajay dignifica el objeto, otorga una segunda oportunidad a aquellos materiales de la cultura popular y de su propia comunidad, San Pedro Lago de Atitlán, que perdieron su sentido o su significado, que fueron desechados o condenados a no “retoñar”. Pueden ser chancletas, piedras, tortillas, mazorcas de maíz, pepitas de mango, nombres. O chunches, ese guatemaltequismo sinónimo de bagatela. A través de diálogos que el artista posibilita entre el plástico y el barro, entre lo que ha sido impuesto como “moderno” y “tradicional”,  desde hace más de diez años Benvenuto elabora conexiones que reflejan su reflexión y su asombro ante un mundo palpitante, marcado por una historia de negaciones y afectado por una colonialidad-modernidad que anestesió, como menciona él, otras formas de estar y sentir. Buscando sanar heridas antiguas y profundas, no otra cosa es el ejercicio artístico para Benvenuto, reconocer y multiplicar el sentido de un objeto surge de la necesidad de reivindicar el pasado viéndolo adelante y de demostrar al mundo, ese espacio múltiple y colectivo, que puede ser sagrado. De frente a su próxima exposición en Quetzaltenango, Muxu’x, conversamos con Benvenuto Chavajay para conocer un poco más acerca de sus procesos, sus preocupaciones y sus pensamientos como un “chunchero” que retorna, se aleja, propone y manifiesta otras sensibilidades.

 

Has mencionado que cuando regresás al lago sos como un extranjero, tal vez por esta vida itinerante que tenés entre el lago y la ciudad capital. En tu trabajo podemos ver ese diálogo, una fundición de elementos de tu cultura y de la cultura popular contemporánea. Muchos críticos e intelectuales han hablado de tu trabajo, ¿pero cómo definirías vos lo que hacés?

El año pasado expuse en Costa Rica. Se llamó chunches. Yo hago chunches,  soy más chunchero que artista. Eso es lo que hago. Si no existe la palabra arte en tz’utujil, ¿por qué yo tengo que hacer arte? Mejor hago chunches. Y chunches son esos elementos que están tirados, que ya no tienen un valor o sentido. Se ve conceptualmente desde la obra de Doroteo Guamuch o con el tatuaje Ch’ab’aq jaay en el pecho, nombres que se quedaron olvidados en la historia. Se trata de recuperar eso. Y a los chunches es dar una segunda oportunidad, darla a un objeto que no tiene un valor o un sentido. Prefiero que me digan “chunchero” que artista.

Prefiero que me digan “chunchero” que artista.

Eso va de la mano con algo que dijiste una vez: buscás hacer algo nuevo. Pienso en tus maestros: te graduaste de la Escuela Nacional de Arte ENAP  como escultor, pero no buscabas ser escultor porque en San Pedro el escultor es Feliciano Pop. Por otro lado,  Roberto Cabrera en algún momento dijo que no te enseñaba a pintar, sino a pensar. A partir de estas experiencias y de los chunches, que dentro de la jerga artística podrían ser llamados como arte objeto o arte encontrado,  ¿cómo te condujiste a lo que haces hoy, a la intervención de objetos para dotarlos de significados? ¿Cómo encontraste esta voz?

Más que todo hay que pensar que estamos viviendo una cultura híbrida. Me di cuenta que lo que uno tiene que hacer es algo híbrido también. Intervenir una piedra con una Suave Chapina es algo que para mucha gente no es arte o escultura. Y qué bien, porque para mí el escultor máximo del pueblo es Feliciano Pop. Yo no quiero ser escultor, me considero más bien como un ex-cultor. En cuanto al acercamiento con Roberto Cabrera, él nos decía precisamente que no nos enseñaba a pintar ni a dibujar, sino a pensar, y eso me llevó  mucho a pensar todo lo que hago aquí y ahora. Me decía que tenía que ir al pueblo, donde se puede hacer muchas cosas desde lo local. Este acercamiento con Roberto me hizo ver que quería hacer algo diferente a la escultura. Por eso empecé a experimentar, como en mis primeras piezas con las Suave Chapina.

Me acuerdo que cuando llegó el cable aquí en la ciudad o el Nike de los zapatos, en los pueblos llegaba la Suave Chapina. Fueron los primeros elementos que cambiaron la estructura social del pueblo. El plástico y el cable han cambiado la cultura. Toda la cultura se ha emplasticado y eso es parte de mi obra desde el principio. Con la modernidad llegó el plástico. Y la modernidad asusta y agrede.

Pienso que esta preocupación va relacionado a la decolonialidad. Se ha dicho bastante acerca de que tu trabajo se inserta dentro de la crítica decolonial, ¿te enunciás como un artista decolonial?

No. Qué bueno que existe el término decolonial o descolonial. Pero son términos acuñados por filósofos y semióticos en Estados Unidos y Suramérica.  Yo no sabía si estaba trabajando esas cosas que ellos piensan como decolonial. Desde hace diez años empecé a hacer una rebeldía desde las escuelas de arte, no quería trabajar esculturas, por ejemplo. La escultura es la cosa que se hace. Lo que hago es la cosa que se interviene. Trabaje eso con muchas cosas, hasta con las pinturas. Hace algunos años conocí a la investigadora Kency Cornejo, me entrevistó, vio mi trabajo y me dijo “lo que estás haciendo viene de una teoría: la descolonización. ¿Conocés a Fanon?”. No, lo había leído un poco. Pero entonces desde allí entré muy de lleno a la teoría. La cuestión es que yo ya lo estaba haciendo en la práctica, me estaba alejando un poco de esos conocimientos y prácticas de las escuelas de arte. Hace poco conocí a Walter Mignolo, me invitaron a la universidad en donde él trabaja, ahora entendiendo más el punto. Pero no me considero un artista decolonial, yo soy artista tz’utujil de San Pedro, hijo del lago. Lo que yo hago es alejarme. Y si ellos me llaman artista decolonial o prácticas decoloniales, pues qué bueno. Los entiendo. Entiendo por qué me llaman decolonial o que en vez de estética, hablen deaísthesis; pero yo trabajo lo que puedo hacer desde la tierra, y si quieren llamarlo decolonial, tampoco me enojo.

Benvenuto Chavajay. Imagen de archivo fotográfico del artista.
Benvenuto Chavajay. Imagen de archivo fotográfico del artista.

Entrando a esto que haces desde la tierra, ¿nos podrías hablar un poco de tus procesos creativos, de tus pasos como artista o chunchero, de cómo se configura una idea o una pieza?

Uno va cambiando, desde que estudié ya manejaba un poco la pintura, el dibujo, la escultura. Pero poco a poco uno va cambiando sus maneras y métodos de sanar. En mi caso, ahora trabajo más bien una investigación fuerte y trato también la manera de hacer una investigación más teórica. Y las cosas salen de repente, todo lo “de repente” es para mí muy importante, lo “de repente” tiene una conexión. Yo estudio mucho y de pronto miro algo afuera y digo “esto es lo que estaba pensando hace ratos”. Voy con mi cámara, lo capto, lo hago, lo empiezo a sanar, o a destruir-construir, esa es la manera. Pero todo está en mi cabeza. Cuando viajo y voy al pueblo,  en la camioneta, en todos lados, es mi templo para meditar, y las ideas surgen…

Es esta manera de mantener activo el asombro, y creo que esto se relaciona con la tradición a la que pertenecés. Sin la connotación esencialista o romantizada de tradición, sino considerándola como ese conglomerado de experiencias de un pueblo, también has hablado del pensamiento de lo sagrado, de considerar que pones alma en los objetos, porque todo tiene una carga vital desde el pensamiento tz’utujil. A través de lo que hacés, ¿tu trabajo es una reactivación de experiencias y maneras de interpretar el mundo ancestrales, si es que las podemos llamar así?

Casi todo lo que yo hago es un recuerdo de mi niñez. No pienso de que un artista es muy creativo. Uno no es creativo. Todos somos creativos. Pero creo que uno, dos o tres son astutos. Todo viene de mi niñez, a partir de mi relación con mis padres. Pero esto no es una práctica “maya”. Yo tengo muchos problemas de llamarse “maya” o con la mayanización.

Se trata de dignificar los objetos, eso es lo que yo hago. Para qué quiero buscar un significado si ya está, la piedra ya tiene un significado.

Pero sí que es un legado desde la cultura ancestral, desde lo sagrado que mi padre me enseñó. Pero también viene también desde esa herida colonial. Esa herida que niega a mis padres porque no pudieron ni escribir el lago o la piedra; pero sí que tuvieron una conexión más directa con ellos. Aquí en Guatemala les llaman analfabetos. Fue como si hablaran con la piedra, y nosotros ya no podemos conectar con la piedra. Las prácticas vienen de allí. Mis padres me enseñaron a tratar de vivir estas conexiones, a hablar con la piedra, bañar en el lago, tratar de que ese árbol tenga su sentido y tratar de que esa bolsa plástica negra que está volando arriba del pueblo pueda ser como un pájaro… Es lo más lindo tener una conexión. Y también hace como sentir. Todo lo que hago es una forma de sentir.

Por eso hago cosas sencillas para la gente sencilla. Yo no trato la manera de que sea para los intelectuales. La gente intelectual es más fría, tratan la manera de buscar un significado. En este caso no se trata de buscar un significado. Se trata de dignificar los objetos, eso es lo que yo hago. Para qué quiero buscar un significado si ya está, la piedra ya tiene un significado.

Creo que mencionaste una vez sobre esta forma de sentir, pensar, interpretar o concebir el mundo, en el cual todo tiene k’u’x o “alma”. ¿Es eso?

Sí. Es como cuando yo estaba pequeño y trabajábamos en el campo con mi padre. Para muchos esto es una desventaja, para otros una ventaja. Mientras otros miraban los Simpson, nosotros estábamos en el campo. Pero yo entendí y comprendí también que esas experiencias eran una ventaja. Él hablaba con muchas cosas, tal vez yo no encontraba sentido. Pero ya entrando al mundo de la sensibilidad, me dije “mi papá sí trabajo eso, habló con todo”. Porque todo tiene alma, hasta una bolsa plástica tiene sentido. Entonces ya no hay nada qué hacer. Sino que hay que reconocer, identificar, multiplicar y dignificar. Es dar una segunda oportunidad a los objetos, a través de una fotografía, a través de un chunche.

Cambiando el tema, hablando de tu generación como artista, si podemos llamarla así, perteneces a una generación de artistas que desde el 2000 ha sido muy activa en Guatemala, sobre todo porque ustedes emergen en este tiempo en que se destapan muchas verdades de nuestra historia reciente. ¿Cuál es tu percepción de lo que sucede y lo que ha sucedido en el ámbito artístico y cultural en estos años, cómo te sentís?

A veces uno se siento como una ficha de 15 centavos… Dejé el pueblo a mis diecisiete años, llevo una tristeza en los ojos. He ganado muchas cosas, reconocimientos y amistades aquí en la ciudad. Pero cuando llego al pueblo, veo miradas distintas, ya no son los mismos, percato miradas grises de vidrios polarizados. Eso es lo que me ha traído la contemporaneidad. Y sí, la generación viene del 2000, estamos trabajando cada quien, cada quien está sanando sus cosas, otros piensan diferente, otros hacen cosas diferentes. Yo con mi desobediencia permanente para trabajar mis propias cosas. Creo que es una generación muy interesante que vino desde la Escuela de Arte y de Roberto Cabrera, quien nos hizo mover. Porque ya todo está hecho. Hay muchos artistas guatemaltecos. Pero un arte guatemalteco creo que todavía no hemos encontrado, porque todo viene de afuera.

¿Y de algún modo esa es también una de tus búsquedas?

No precisamente. Yo no busco.  Simplemente quiero sanar una herida  a través de mis cosas. Tampoco estoy buscando una originalidad, la originalidad no existe, no tiene sentido. Existen coincidencias y conexiones. Cada quien tiene su manera de percibir el mundo, cada quien encuentra su contexto, su pretexto y su texto. Pero la originalidad no existe.

Simplemente quiero sanar una herida a través de mis cosas. Tampoco estoy buscando una originalidad, la originalidad no existe, no tiene sentido.

En esta misma línea, un poco a nivel regional, pensando en que el año pasado estuviste en Costa Rica con la exposición Chunches, ¿Cómo es tu relación con el arte en Centroamérica, como dialogás con lo que sucede afuera de Guatemala?

Fue mi primera exposición grande en Costa Rica. Para ellos es interesante porque uno llega de un pueblo diferente. Hubo muchas conexiones en ellos. Mucha gente habla allá con la tierra, de la tierra, por la tierra. Y hago lo mismo. Las conexiones no tienen que ser precisamente con artistas, pueden ser con otro tipo de gente, gente que habla sobre muchas cosas, gente más sencilla. Muchas veces los artistas quieren parecer como europeos. No se dan cuenta que donde estamos parados también tiene algo, tiene vida. Es bueno estar a la par, pero hay que hablar, y si uno puede hablar de frente a frente, viendo a los ojos, porque hay mucho que decir, eso es lo mejor. Si occidente me tiene que decir algo, yo también tengo muchas cosas que decir al occidente. Hay que hacer el diálogo.

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“En Guatemala hay pueblos tan pequeños que caben en la mira de un fusil”. Benvenuto Chavajay. Cortesía del artista

Y con el diálogo volvimos a caer al tema de las conexiones, de la importancia del nosotros, del nos, de librarnos de la individualidad. Con tu trabajo tocas este tema. Pero también formas parte del colectivo Nosotros que va muy de acuerdo a tu pensamiento. ¿Que nos podes contar acerca de él?

“Nosotros” viene de Rodolfo Kusch. Soy más kuschiano que otra cosa. Lo que él decía es que el “yo” o el ser termina porque es más individualista. Lo posmoderno y occidente son individualistas, pertenecen al “yo”. Pero en cambio el pensamiento latinoamericano viene más del nosotros, con nosotros y para nosotros. Y en el colectivo “Nosotros” en San Pedro formamos un grupo pequeño, nos juntamos en un lugar, tomamos algo y reflexionamos de muchas formas. También nos invitaron a formar un partido, también se llama “Nosotros”, al cual llamamos en castellano para que no se quede muy cerrado a lo local. Nosotros es la comunidad, somos todos, es colectividad y no termina. Estamos trabajando proyectos propios y locales, como hacer una bienal del Lago, etc. A veces nos dicen  por qué llamarla bienal si estamos en contra. No, no estamos en contra, simplemente somos testigos de nuestra realidad. Lo que yo hago no es estar en contra, no es una protesta, no es una denuncia, sino es una enunciación, y ese grupo también es una forma de enunciar, como la madre cuando teje, hila derecha a izquierda y viceversa. No es cuestión de izquierda o derecha, ni de ideologías, sino venimos de abajo, estamos tejiendo para llegar arriba. Por eso también siempre está presente la figura de la madre, la mujer, la que resiste.

Para finalizar, ¿Qué esperas enunciar llevando en esta ocasión Muxu’x a Quetzaltenango en Ciudad de la Imaginación? ¿Qué esperás que suceda?

La verdad es que conozco poco Xela. No conozco a sus visitantes, a su gente. Espero que a la exposición llegue gente más local, para ellos es la exposición. No trato la manera de que sea una exposición conceptual que no se entienda, no tendría sentido. No sé, yo no espero nada. Simplemente que se conecten, que sientan lo que quiero decir.

Gracias, Benvenuto.