ANÍBAL LÓPEZ : RETRATO DE UN MARGINAL

Es lícito afirmar que Aníbal López (A-1 53167) llevó al límite las rupturas artísticas que empezaron a perfilarse en Guatemala hacia finales del siglo XX. Polémico, controversial, atormentado, autodidacta e intuitivo, atravesó por tiempos y circunstancias convulsas que lo hicieron reflexionar de manera profunda sobre la función del arte en sociedades como la nuestra.

Rosina Cazali

 

Por Rosina Cazali

Fuente: EL ACORDEÓN

Es lícito afirmar que Aníbal López (A-1 53167) llevó al límite las rupturas artísticas que empezaron a perfilarse en Guatemala hacia finales del siglo XX. Polémico, controversial, atormentado, autodidacta e intuitivo, atravesó por tiempos y circunstancias convulsas que lo hicieron reflexionar de manera profunda sobre la función del arte en sociedades como la nuestra. Acaba de morir a la edad de 50 años, dejando, como afirma la autora de esta entrevista, un legado pendiente de ser valorado en su propio país y en su justa dimensión.

Aníbal López (A-1 53167) es el artista de referencia para la generación llamada de posguerra. Sus múltiples acciones, sus conceptos relacionados con la violencia, la ausencia del estado de derecho y los límites de la ética en los sistemas del arte, produjeron un cuerpo de obra excepcional, lo más distinto que se ha visto en el panorama de las artes visuales contemporáneas de Guatemala en los últimos años. La presente entrevista (inédita hasta ahora) es un repaso de sus primeros años de formación hasta el primer encuentro con el artista español Santiago Sierra. Más que un intento de justificar su obra, como producto de una realidad cruda y su simple traducción en metáforas, es el retrato de un anarquista, de un lector apasionado, que nunca perdonó el acomodo y reflexionó sin piedad sobre los convencionalismos en todas las formas del arte. Sin duda, una de las mentes más lúcidas que ha podido producir la determinación autoformativa y la marginalidad. Con un importante premio en la 49 Bienal de Venecia (2001), invitado a la documenta 13 de Kassel (2012) para presentar la acción Testimonio –entrevista a un sicario guatemalteco-, Aníbal López murió a los 54 años de edad. Dejó un legado pendiente de ser valorado en su propio país y en su justa dimensión.
Me gustaría repasar tus coordenadas formativas, desde cero. ¿Dónde inició tu interés por el arte?
-Cuando empecé no tenía ni siete años, no había entrado al primer año de primaria. Siempre dibujé, me daba armonía. Cuando llegué a la escuela, a todos los compañeros les daba por calcar dibujos. Alguna vez la maestra nos pidió que dibujáramos a Tecún Umán y yo lo dibujé así nada más. Mi maestra me dijo: “Aníbal, tú vas a ser artista, un gran artista. ¡Esto está maravilloso!”. Así que nunca dejé de dibujar. Y disculpá que me ría de tu pregunta pero es como si me preguntaras dónde nací (risas).
Te advertí que iba a parecer naïf. Pero, ya ves, me interesan tus raíces, ahí está el fondo de lo que hacés ahora. Dicho eso, ¿dónde naciste, dónde viviste tus primeros años?
-Nací en la ciudad de Guatemala, en el hospital Roosevelt. Soy de las primeras familias que invadieron Tierra Nueva y soy el único sobreviviente de mi familia. Ya enterré a mis dos hermanos menores. A uno de ellos lo despedazaron y tiraron sus partes por toda Tierra Nueva. Estuvo en la cárcel porque había estado metido en cosas de drogas. Logró salir en menos tiempo, estaba tranquilo y luego pasó eso. Fue espantoso. Yo quería mucho a mi hermano. Mi otro hermano tenía una deuda, lo estaban presionando para que pagara y le dio un derrame. No aguantó la presión.
¿Cómo era la vida de un adolescente en Tierra Nueva? Es decir, ¿la tuya?
-Tengo buenos y malos recuerdos. Vivíamos en medio de los barrancos. Con mis cuates bajábamos corriendo como locos hasta una poza y una vez nos quedamos atrapados porque llovió mucho. Viví la época cuando se comenzaban a formar pandillas. Aprendí a bailar break. Era un adolescente normal de la ciudad marginal.
¿Dónde estudiaste? ¿Terminaste tus estudios?
-Estudié en el Central para Varones y solo llegué hasta primero básico. Luego me apunté en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Mi papá no quería y de mala gana me daba para mi pasaje, así que me puse a pintar rótulos o hacía dibujos de peinados sobre la Sexta para vender. El pago de todo un año en la Escuela era Q12, así que no era difícil reunir el pisto.
¿Te gustaba ir a la ENAP?
-Era aburrida. El único profesor interesante era don Dagoberto Vásquez. Tuve pleitos con algunos maestros. Fijate que en esa época a mí me encantaba Madonna –bueno, a quién no- e hice una escultura pensando en ella. Llegó el maestro de escultura y de un manotazo me la rompió. El maestro de grabado nos amenazaba diciendo: “mis secretos me los voy a llevar a la tumba”. Imaginate, ¡hablaba de técnicas simples como el manejo de gubias! Don Dago en cambio sí nos enseñaba más de algo, no era egoísta como los otros. También tuve buenos compañeros como Rubín Solórzano, Marvin Olivares y Juan Francisco Yoc. Con Francisco Auyón hablábamos pero siempre sentía que competía conmigo. Hice muy buena amistad con Jorge Félix.
Cuéntame sobre tus primeras exposiciones, ¿alguna memorable?
-Para mí fueron momentos complicados, de tomar decisiones, porque mis trabajos siempre causaban molestias y tensiones. Yo ya estaba trabajando imágenes donde exploraba las imágenes religiosas ligadas al erotismo. Pasé momentos realmente tensos con galeros y personas del público. Hice una personal en El Sereno, cuando Duane Carter aun estaba vivo. A diferencia de otros galeros, Duane me animaba y era bien honesto: “esta es una buena obra, pero qué hacemos, esto es un restaurante y vienen familias”. Y así fue como le propuse hacer la exposición Narcisos, que duró solo una noche.

Recuerdo que no parabas. El conflicto comenzó a ser un distintivo de tu trabajo. Lo raro, lo frontal y “moralmente inquietante” comenzó a provocar rumores y cierta atención.
-¡Y no iba a parar! En la exposición de El Sereno había tanta gente, unos a favor y otros en contra de mi trabajo, pero nadie se iba. Sin embargo, durante la inauguración alguien dijo un comentario que me gustó mucho: “esta obra es inmoral pero nos deja saber lo que traemos adentro”. También hubo un gringo que me pidió que me sentara en sus rodillas, pero esa es otra historia.
¿De dónde salían esas imágenes? ¿Cuál era el trasfondo de esas obras?
-En esa época yo ya estaba leyendo a Nietzsche, a Baudrillard y Wittgenstein que era mi filósofo favorito, ¿te recordás? Empezaba a leer textos de Michel Foucault además de textos de antropología y sociología. Vos sabés que soy autodidacta, así que esa mezcla de ideas se fundió sobre las imágenes de la publicidad que me gustaban tanto. Narciso, de hecho, fue una serie de pinturas donde utilizaba el lenguaje publicitario para exponer el poder de las marcas, la formación del ego por supuesto. Recordate que yo trabajé un tiempo en agencias de publicidad y siempre me gustó la estética de los cómics. Siempre me gustó leer. Ahora estoy medio ciego, solo veo líneas borrosas. Pero en esa época, ¡ja!, leí de todo y comenzó a aparecer en mi trabajo mezclado con mi interés por la identidad sexual y la transexualidad como condición híbrida.
En esos años, ¿tenías conciencia de los cambios en el arte, de categorías como la posmodernidad, o fuiste intuyendo la transición de la época?
-Digamos que fue un proceso más intuitivo. Yo no podía entender o aceptar la posmodernidad si ni siquiera comprendía la existencia de una modernidad local. Por otro lado lo “más moderno” que yo podía pensar era Picaso pero no me gustaba (risas). En realidad el único artista de principios del siglo XX que me gusta, que me dice algo, es Amadeo Modigliani; por eso a mi hijo menor lo llamé Amadeo.
Hablemos de aquella obra que ganó el Glifo de Oro en la Bienal Paiz de 1996. Se titulaba “Recién casados”. Era una pintura que representaba a una pareja, hombre y mujer, que se conectaban entre sí con una rama de espinas. La rama salía de la vagina de ella y se introducía en el ombligo de él. Era una imagen inquietante, realizada con una técnica poco acabada que causó muchísima incomodidad y polémicas. Para mí fue un momento fascinante.
-Esta pieza surgió después de leer textos de Freud y Jung sobre la conformación de las imágenes femeninas, particularmente maternas. La rama de espinas era como un cordón umbilical. Era mi propio análisis sobre las relaciones hombre-mujer. Técnicamente yo estaba rompiendo mis propios moldes de oficio, me dejó de interesar lo formal en términos clásicos y entendí que el discurso, el fondo, era lo importante. Si esa “mala pintura” ayudaba a desarrollar de mejor manera el discurso había que pintar… mal.
¿A quiénes considerás tus maestros de esos primeros años?
-Son tres. Ya te mencioné a Dagoberto Vásquez. El segundo es Moisés Barrios, por su pensamiento, por sus puntos de vista tan estimulantes. Yo lo llegaba a visitar a su taller, que entonces quedaba hasta la chingada. Pero hacía el viaje porque disfrutaba muchísimo las pláticas con Moisés, siempre eran una cátedra. De Isabel Ruiz aprendí su necesidad de existir a través del grabado. Su tenacidad me inspiró a ser tan obsesivo como soy.
También recuerdo que para ti fue importante la relación de amistad con Mario Roberto Morales. ¿De qué manera?
-Claro. Las conversaciones con Mario Roberto alimentaron mi interés por temas como el de la identidad ladina e indígena, sus contradicciones, los conflictos. Yo crecí en un área urbana donde yo era “el canchito” y los cuates de mi misma edad y condición me tiraban piedras. Ahí comenzó “la debacle”, como diría Mario Roberto. En esa época, cuando aún era adolescente y, por ese tipo de líos, decidí irme por dos años a Utah, donde vivían mis primos. Ahí recibí la otra parte. Ya no era el canche sino pasé a ser “un indio”, ¡otro tipo de conflicto!
Ya, nunca quedamos bien con nadie, ni con nosotros mismos.
-Sí, es una mierda. Allá en Utah trabajé abriendo zanjas y pintando paredes en un tabernáculo; sabés que mi familia es mormona y por ahí fue que logré conseguir el trabajo. Hice un poco de plata. Pero eso sí, cuando regresé a Guatemala traje un montón de libros de arte.
Hablemos de la importancia de tu relación artística con Diego Britt y Silvestre Gobart. Es un período fundamental en los primeros años de tu trayectoria.
-Son cuates que quiero mucho y con quienes trabajé mucho. Para serte honesto, en esa época yo sabía que no iba a ser bien recibido en mi propio país. Pero al estar acompañado de un francés y un norteamericano la cosa podía ser distinta. La atención fue inmediata. (risas) Con Diego y Silvestre hicimos piezas colectivas, las firmamos entre los tres. Las más importantes fueron las llamadas Obras en sitio, las cuales consistían en el gesto de señalar un espacio público cualquiera, una pared por ejemplo, y decir “esto es arte”. También repartimos volantes e hicimos un proyecto en la terraza del edificio de apartamentos donde vivía Diego, en esas jaulas de metal donde se cuelga ropa. Ahí presenté una caja de cartón con una bombilla que decía “Ladino”. Todavía la tengo.
Son obras que cuestionaban cosas como quién define el arte, quién lo legitima, cómo se enuncia…
-Sí.
¿Y tu relación con Belia de Vico? Ella siempre fue una entusiasta de tu trabajo, te apoyó en la realización de proyectos tan excepcionales como complejos.
-Sin ella yo no estaría aquí. En ese momento lo que me interesaba era que la gente entendiera cuál era el fondo de todo esto. Eran obras que cuestionaban los códigos éticos, la complicidad del arte, las instituciones y el espectador… En el espacio de Belia, Contexto, presenté obras muy gruesas como El préstamo. Belia nunca me cuestionó o censuró. Fue muy valiente de su parte porque yo sabía que de alguna manera afectaba a su círculo, y encima eran cosas que difícilmente se vendían. Lástima que no siguió con la galería.
Hablame de esa dimensión a la que entraste cuando ganaste uno de los Premios a Jóvenes Creadores en la Bienal de Venecia de 2001.
-Recuerdo que cuando comenzaron a llamar a los premiados todos lloraban y se abrazaban. Los fotógrafos me gritaban desde abajo: “¡Aníbal, Aníbal!”. Pero yo ¡ni madres! Levanté la placa y le tomaron fotografías. Yo de verdad que no entendía qué les pasaba, cuál era la emoción por el premio (risas). Fue todo un espectáculo.
Pero no puedes negar que todo comenzó a caminar más rápido y a crecer como una bola de nieve.
-Por supuesto.
Además, cuando conociste a Santiago Sierra, parecía que ya no había límites. ¿Cómo se conocieron?
-Conocí a Santiago en México, a través de una exposición que se hizo en una calle en el D.F. Ahí había de todo, un barquito hecho con toallas sanitarias, cada cosa… Pero de repente vi un auto como flotando sobre el piso, levantado con cables, que me encantó. Por esa pieza parecía que había valido la pena ver todo lo anterior. Me fui directo a buscar al artista para hablar con él. Santiago siempre muy trajeado, bien elegante, pero yo le comencé a hablar como si nada. Le enseñé algunos de mis catálogos y no le gustó lo que vio. Más adelante le mostré un video que hice, donde solo aparece una línea y dura 35 minutos. En fin, por el trabajo que estábamos haciendo como que nos caímos bien.
Por cierto, ¿cómo llegó Santiago por primera vez a Guatemala? Recuerdo que era 1999 y vos lo invitaste a venir cuando aún no era la estrella que es hoy.
-Lo invité a venir y él mismo se pagó el pasaje. Yo le ayudé a armar su proyecto en el último piso del edificio Mini. El proyecto consistía en un grupo de cajas de cartón dentro de las cuales varios trabajadores permanecieron ocultos, sentados en sillas por varias horas, sin moverse. Por hacer eso Santiago les pagó Q100 a cada uno.
Recuerdo que la invitación indicaba que debíamos llegar a cierta hora. En ese recinto gigantesco, de 15 metros de altura, rodeado de vidrios, encontramos las cajas enormes y solitarias. Aquello parecía esculturas en una catedral, era una imagen desoladora, minimalista. Luego, vos y Santiago comenzaron a destaparlas. Entender todo el trasfondo del asunto me conmocionó. Era lo más confrontativo y distinto que yo había visto en mucho tiempo.
-Sí, son de esas experiencias que te cambian la forma de pensar el arte. Si algo así no te hace avanzar, ya nada puede. Te jodiste.

(febrero, 2014)

Publicado originalmente en: EL ACORDEÓN