Jorge de León, perforado

El arte y la marginalidad siempre ha encontrado nexos imprevistos, y modos parasitarios de convivencia.

Por un lado, el arte supo descubrir en todo aquello separado, desahuciado y deletéreo, una fuente insospechada de frescura, que luego procede a cubrir de enzimas, deglutir, procesar, descafeinar, pacificar, hasta convertir en algo safe, y a veces, más cruelmente, en albur, en broma de cóctel, y seguramente en la comidilla de las comunidades cibersociales, que terminan el proceso de comodificación.

Maurice Echeverría, septiembre, 2012.

Texto publicado originalmente en Plaza Pública.

POR MAURICE ECHEVERRÍA

Jorge de León –artista– medio apareció en el reportaje-crónica que hiciera yo sobre la comunidad LGTBI, hace unos meses, para Plaza Pública.

El editor en PzP me animó a escribir una pieza toda sobre él, un poco bajo la idea que los temas que yo fuera publicando en el periódico se fueran de algún modo interrelacionando. Lo cual ya de sí me pareció una idea interesante: generar un universo conectivo, balzaciano, a escala periodística.

Y pues al editor le llamó la atención que yo contase el arco que llevó a Jorge de León de la marginalidad al establishment artístico.

Y yo por otro lado vi allí una pequeña historia migratoria y arquetípica, de decadencia, redención, y ascenso.

Me comuniqué hace unos meses con Jorge de León para pedirle la entrevista; accedió de buena gana a dármela. Propuse que nos juntáramos entonces, pero resulta que eran los días de la Bienal Paiz. Jorge estaba más bien ocupado, en talleres de arte y tal. Y se me desapareció. Se lo dije en mail al editor, que me contestó, secamente: “Lástima”.

Le seguí el rastro a otras cosas, y dejé de lado la nota.

El editor me alineó nuevamente con la misma, después: “A mí me sigue interesando esa descripción de los dos mundos completamente opuestos en los que ha vivido o vive o por los que camina de León. Y el tránsito entre ellos”. Y añadió: “Digámoslo así: de León, si lo interpreto bien, es un personaje que conecta dos mundos que rara vez se tocan.”

Me comuniqué nuevamente con Jorge.

Quedamos en juntarnos enfrente del Fu lo sho.

Llegué al lugar poco antes de la hora pactada. En una de las bancas, me topé con un conocido mío, escritor de haikus, con quien me puse a platicar de literatura (dulce ingratitud de la literatura) mientras las hordas de personas habitaban y deshabitaban la sexta, hiperfluidamente. Luego vino, advino Jorge, me despedí del poeta de los haikus, y caminamos rectamente hacia el parque central, con la idea de realizar en plena plaza la entrevista.

Poco antes de encontrarse conmigo, Jorge de León se había reunido con Aníbal López, artista grueso marginal, y de quien hablamos mientras caminábamos al parque.

Y yo pensando en estos nuestros creadores brillantes, husmeando las orillas necrosadas de la vida, entre la destrucción y Ludwig Van.

En el parque lo que hay es el exotismo perenne de lo ordinario, hay ángeles sin casa, a no ser la plaza misma, rostros endomingados de muchos colores (aunque hoy no es domingo ni jamás lo será), los puestecitos rodantes, y en uno de ellos Jorge se compra un cigarro suelto. La plaza entera ha sido tapizada por la temperatura viviente de un sol demasiado intenso, que seguramente nos va a calcinar. No tiene caso tirarse la entrevista toda allí. Jorge de León me ha dicho que vive cerca. Le propongo mejor que hagamos la entrevista en su casa. Consiente.

 

Caminando por la calle del mercado, y el mercado es nave alienígena hundida en el centro del Centro, con todas sus frutas, perfumes de cuero, recuerdos típicos. Tres o cuatro derelictos charamilean en la banqueta. Pasa muy cerca una manifestación mínima. Esta es la ciudad de Jorge de León, la que uno mira en sus pinturas, la de los autobuses pugnaces, los niños payasos, los cascabillos regados, las escenas acordonadas por el MP: la saga cotidiana de la capital. Muy pronto llegamos a casa del artista, subimos las escaleras parecidas a ciertas escaleras de alguna infancia mía, traspasamos puertas y quicios, y llegamos a la morada, en donde nos recibe un perro artrítico. El espacio podría ser más interesante, si el artista le diera más cuidado y procurase, pero se nota que eso de procurar a Jorge le pela la verga. Jorge me muestra un asiento que ha manufacturado hecho de llanta y caucho. Hay un cuarto en donde tiene su taller, fabrilmente caótico, herramientas, mucho mueble, y según creo recordar una de esas espléndidas obras en donde refulgen bellas magulladuras y telarañas y rajaduras como de impacto de bala. Luego pasamos al lugar donde duerme, que también es el lugar donde tiene su compu, y Jorge ya me está enseñando archivos fotográficos de su obra en la pantalla. Un buen momento para prender la grabadora digo yo. Tomás, el perro artrítico, se ha echado a nuestro lado. Jorge habla, sin puntos.

Jorge de León nació en el Roosevelt, hace 36 años.

Respecto a su familia por el lado materno, nos va diciendo:

Que su abuela biológica es de Santiago Atitlán. Que la conoció hace seis años, al morir su madre. Que no ha vuelto a verla desde entonces.

Su abuelo es de Jalapa. “De a huevo el viejito solo que bien cerote”.

Al parecer la abuela biológica huyó del abuelo, en algún momento, dejándole al señor la hija de ambos –la madre de Jorge.

De allí resulta que el abuelo se juntó con otra mujer, tuvieron cuatro hijos. Con esta mujer crecieron, por cierto, Jorge y hermanas.

“Mi mamá –siendo la hijastra– parece que no era bien aceptada en el núcleo familiar; entonces se fue a vivir sola, y fue donde conoció a mi viejo”.

Luego la madre se fue, dejando a Jorge y hermanas con el papá. No supo más de ella sino hasta los diez y ocho años.

Ella murió de cirrosis.

Jorge describe ese lado de su familia como de bajos recursos, numerosa, de extracto popular.

Jorge me va contando acerca estas personas del lado materno de su familia, sin que yo me entere nunca de sus nombres.

Si uno atiende la genealogía de Jorge por el lado paterno, descubrirá que ya en el siglo XIX hay unas parientes suyas establecidas en eso de la pintura, llegando a ganar inclusive algún premio artístico.

Más importante quizá es mencionar aquí a su bisabuelo, Rafael Rodríguez Padilla, quien fundó –junto a Jaime Sabartés, el secretario de Picasso– la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Se mató–metió un plomazo, el señor, cuando le buscaban los militares, por una intentona de asesinato a Lázaro Chacón.

Hijo de Rafael es Jacobo Rodríguez Padilla (tío abuelo de Jorge) quien partió como sabemos a Francia. Cardoza lo referencia en El Río: “Jacobo Rodríguez Padilla, suspiro que pinta, se ha vuelto faquir y ha conseguido en París nutrirse con el aire”.

Por cierto que hace poco escribió de él Jaime Barrios Carrillo.

Hija de Rafael también fue la abuela de Jorge: Fantina Rodríguez. Fantina se casa con el escultor Adalberto de León Soto. Parten –él, ella, los primeros hijos–a Paris­, gracias a una beca otorgada por el gobierno de Árbenz. Naturalmente, cuando Árbenz cae, la beca cae, ella también.

Fantina vuelve con sus –ya– cinco hijos (Katina, Pablo, Jorge, Zipacná e Iván, estos dos últimos pintores conocidos del medio) a Guatemala, a mediados de los cincuenta. Una año después, se suicida el abuelo de Jorge, decimonónicamente, en el Bosque de Bolonia, en Paris.

Fantina por su lado se vincula al PGT, y la desaparecen en 1972. El padre de Jorge fue el último en verla.

 

Jorge nos dice que su padre se volvió alcohólico, conoció a su mamá, tuvieron hijos.

Como ya dijimos la madre de Jorge se fue, dejándoles con el padre.

Pero resulta que luego el padre también se paró yendo.

Pasaron cinco años sin que supieran cosa alguna de él.

Cuando el padre desapareció, quedaron Jorge y hermanas –Fedra y Fantina– viviendo solitos en una casa de San Rafael, en la zona 18, durante un mes. Los vecinos les daban de comer, y correlativamente saqueaban la casa. Se llevaron tele, juguetes, camas, muebles, dejando el lugar vacío, hasta que sus abuelos vinieron a recogerlos –el señor de Jalapa, la abuelastra– para llevárselos a vivir a El Milagro –zona 6 de Mixco.

Todo esto me va contando Jorge, en intimidad.

 

Jorge siente que de cierta manera nunca fue aceptado del todo por su abuelastra –abuela postiza la llama él– por no haber sido un nieto puro. Por un lado la entiende: “Ponéte en la posición de una mujer de campo y tener que criar a los nietos de su esposo alcohólico; yo creo que la señora tenía mucho resentimiento”, comenta Jorge. Pero luego añade: “No nos golpeaba, pero había cierto abuso psicológico, como por ejemplo recordarnos todo el tiempo que no éramos parte de su familia, que éramos unos arrimados”. Jorge reconoce que la señora les ayudó, pero a la vez Jorge apunta que había cosas que desde su punto de vista no fueron lo más encomiables: “Básicamente trabajábamos para ganarnos la comida”, dice.

Pasaron entonces de San Rafael a El Milagro, un lugar que ya se estaba poniendo duro, y en donde ya en ese entonces se miraban cosas feas. Las esquinas daban su costra de marginalidad, eran más calle que la calle.

Jorge estudió en la escuela primaria Mariano Rossell Arellano. Los modelos a seguir eran los mareros, y aquí es donde vamos a introducir el tráiler de Ciudad de Dios, para darle color a la nota. Pero no es de ningún modo una referencia gratuita. Comenta Jorge de León que cuando vio esta película identificó lo que allí ocurre con lo que él mismo había vivido, en El Milagro. En las barriadas latinoamericanas, los niños se van haciendo hombres a tiros, sin muchas veces llegar a la adultez.

A unos cinco años de haberse ido, el padre de Jorge parece que volvió. Eso fue en 1988. Jorge y una hermana se pasaron a vivir con él, a otra casa, pero siempre en El Milagro.

Luego se mudaron a la colonia Miller Rock: una casa que fuera de su abuela Fantina. A Jorge le resultó el lugar más aburrido del universo.

Y es que en el Milagro la cuestión era muy efervescente: “Veías gente hasta a las ocho de la noche; trabajadores, estudiantes; mucha vida; calles de tierra, casas de madera y lo que querrás; pero se salía por lo menos a jugar afuera; había mucho comercio; y festividades a cada rato…”

En la Miller Rock en cambio todo desierto, todo silencio. Siendo diciembre, no había pero nadie en la calle. Jorge y su hermana se pusieron a quemar cuetes. Les mandaron a la policía.

Jorge vivía en la zona 12, pero como no encajaba allí, seguía visitando El Milagro.

 

En el año noventa –Vinicio Cerezo el presidente– Jorge estudiaba en la Normal. Pero más que estudiar, Jorge vagaba por la ciudad, con aquellos tickets escolares que les daban a los alumnos, para el bus. Se montaba a la camioneta en dirección a lugares que desconocía. Y así fue conociendo más de esa proteica sustancia: la urbana.

Por andar vagando, ni modo se echó el año.

De allí lo metieron al Aqueche, en el noventa y uno.

También perdió el año.

Confrontaciones entre los institutos y colegios privados como el Infantes o el Canadiense.

A pedradas, a envazasos, a palos, se agarraban.

–Era una pelea de clases sociales –dice Jorge–. Y no es que el Canadiense o el Infantes eran la high class. Pero ellos podían pagar. Y vivían en la zona uno o la zona 11. Los otros venían de El Mezquital, de El Paraíso, de El Milagro, La Ruedita, El Gallito…

Como Jorge había tronado en el Aqueche, se pasó a El Central, en la noche.

Y en la noche, era otro tipo de vida. Jugar billar, emborracharse, ponerse bien pedo con pega y mota. Los Capitol. Dieciséis calle. Cantina Las Verapaces. Novena Avenida. Dieciocho calle.

Se comenzó a violentar la onda.

–Empecé a reaccionar a los estímulos exteriores –manifiesta Jorge.

“Durante la semana del serranazo, hubo una reunión con los de la AEU”, continúa. “La cuestión es que salimos a quemar un bus”, expresa. “Había cierta conciencia política por parte de los estudiantes de nivel medio”, argumenta.

Se metían los estudiantes a los buses a pedir dinero, pero resulta que el dinero era para quemar otro bus.

Quizá tal fue el origen de las extorsiones.

Jorge salió a incendiar una camioneta, y terminó bien bañado en gasolina.

Y fue a dar al bote.

Era su primera vez.

Entró a Menores, en donde vacacionó una su semanita.

 

Pocos meses después lo encerraron nuevamente, esta vez por pelearse con un policía. Iba rumbo a estudiar, y un policía lo agarró del pelo, largo entonces. Jorge le zampó un vergazo; huyó. Pero el policía lo encontró igual.

Jorge tenía diecisiete años; si se iba a Menores, tardaría más tiempo en salir, por eso de los trámites: que el padre fuera a reconocerlo, etc. Así que declaró que era mayor de edad, con lo cual paró en la zona 18.

En total, a Jorge le han recetado doce ingresos al bote. En su defensa, diremos que cuatro o cinco veces se lo han llevado meramente por estar tatuado.

No es que Jorge fuera un santo, tampoco. Porque, según me dijo, en El Milagro él y sus compas hacían bombas de fabricación casera.

(Años más tarde, Jorge llevaría a cabo una acción artística en una galería de arte, en donde construiría, in situ, una de estas bombas, que cualquier interesado puede concretar con un tubo de PVC, tapitas de pepsi, alambres, cincos, cuetes, vidrios, y una aconsejable dosis de frustración social. Se recomienda un poco de inteligencia para no perder el brazo manipulando el artefacto.)

Cuando Jorge entraba a la cárcel, se quedaba poco más de dos semanas, y luego lo devolvían a esa otra cárcel un tantito más compleja que es la ciudad de Guatemala. En general, no le iba mal en el tambo –tenía contactos, amigos– salvo un par de anécdotas desagradables, aunque no hace falta decir dramáticas.

El noventa y tres fue el último año de estudios de Jorge, sin llegar a graduarse. La suya era una existencia deportiva forrada de alcohol, putas, calles y huevear. Llegaba dos días a su casa a dormir, el resto se la pasaba en la calle. Para sobrevivir hacía lo que fuera. Y dormía en hoteles o en la misma calle, en las tarimas del mercado, en la dieciocho calle, en el Parque Central, en el edificio Lucky…

En el noventa y cuatro, él y sus compas estaban en una fiesta.

Se sacaron alguna pelea.

Alguien le pegó a Jorge en la mollera con una silla. Jorge devolvió cortésmente el sillazo. Ya tenía un envase roto en la mano. Con el puro cristal de la botella le abrió el estómago a un chavo. Allí mismo lo perforaron a él mismo con un verduguillo. Salió corriendo, y en la puerta lo alcanzaron. Como entre quince, lo pateaban. Logró con todo trabajar la huida. Hasta que en una esquina cayó, del filetazo. Llamaron a los bomberos. La caca se le salía. Fue a dar al San Juan de Dios. Allí lo abrieron, como a un gran animal. A resultas de ellos, le acompaña una bella cicatriz, que es una brasa carnal, cirugía en ráfaga, gran chancro vertical.

Jorge el Perforado.

 

Jorge me ha enseñado una foto con aquellos con quienes se mantenía en su época visceral. Los de la foto, pues.

Y solo pintas.

“Este chavo está muerto, éste salió del bote este año, éste se volvió alcohólico”, así me los va describiendo. “Éste fue el que se llevó Aníbal a su muestra en Alemania”. “¿Qué muestra?”, le pregunto. “Tenía que llevarse un sicario a Alemania”, responde.

 

Aquí es el momento de hacer una digresión. A veces se le mira a Jorge de León como un ex pandillero, un ex marero. Lo cual a mi modo de ver las cosas no es rigurosamente cierto.

Yo defino al pandillero o marero como el miembro formal de una clica que ha pasado por una iniciación ritual y que se ha convertido en un soldado al servicio de un ejército panamericano de nihilismo organizado.

Fue cuando los puros cholos empezaron a ser deportados de los Estados Unidos, con la firma de la paz, que las maras empezaron a tomar una silueta determinada en América Central, y las pandillas terminaron de cuajar.

Claro, las maras ya existían antes de una forma u otra. De hecho, yo recuerdo que cuando residía en la zona 18 (muy cerca por cierto de donde vivió en su momento Jorge) ya recibía noticia, siendo un mero niño, de las maras. Quiere decir que el fenómeno es viejo.

Pero no es que tuvieran el mismo grado de formalidad que hoy poseen, el modelo organizativo, el nivel de militancia, la mística inexpugnable, la estética inconfundible, la dignidad oscura.

El error es querer ligar a Jorge  a una categoría así de técnica, cuando su experiencia fue de hecho más errática, más abierta.

Especulo que el mundo del arte, que ha acogido a Jorge, ha contribuido a perpetuar esta imagen de él, para cubrirla de glamour marginal, pero sin clarificar mucho nada, y él a su vez ha ingresado al juego, se ha dejado más o menos empaquetar, y la verdad con toda razón.

 

Lo cierto es que Jorge de León es un lazarillo.

Ya he hablado antes del papel del lazarillo en Guatemala, en una pieza que escribí sobre Velorio.

Dije:

“Siempre he tenido más amor por el personaje del Lazarillo que por el personaje del Quijote. Aunque ciertamente hay algo de quijotesco en el Lazarillo. El Lazarillo es un arquetipo, pero emana en la realidad por medio de ciertos sujetos concretos. De hecho, el Lazarillo es por definición algo individual: un solitario. Entonces, por alguna razón, siempre está fuera de contexto, sin definición social exacta. Aprende como puede. Ha recibido enseñanzas de otras personas, pero para lo fundamental siempre fue él mismo su propio maestro, su propio mentor. Es producto de azar y la fortuna. Viene de abajo y siempre tiene sed y siempre lleva hambre: un apetito que lo lleva a recorrer enormes distancias, lo convierte en una especie de fugitivo. El psicodrama del Lazarillo es que está siempre en fuga: pero en fuga a ninguna parte. En el camino, un montón de gente le mete el huevo. Pero sus aventuras son innegablemente entretenidas.”

Siendo un lazarillo extremo, Jorge no es un pandillero puro. El pandillero puro es ya un recluta de las regiones de Mordor. No hay nada más desagradable que un pandillero puro le mire a uno a los ojos cuando está maleado: en lo suyos uno verá la muerte. Por el contrario, yo creo que en los ojos de Jorge hay incluso un filo de inocencia, y es justamente por eso que me cae bien. Y con eso tampoco quiero devaluar su trama marginal; está claro que Jorge lleva barrio.

En realidad Jorge es un producto esquizoide de varios ambientes muy distintos, variables, complejos, que se fueron amestizando en su persona. Su familia materna, de corte más popular; su familia paterna, vinculada al arte y la izquierda, con todo lo que eso significa; su experiencia marginal en El Milagro; el ambiente más clasemediero de la zona 12; las distintas capas experienciales del centro (guerras escolares, rivalidades de pandillas, juerga, business); el mundo del arte sofisticado, que transcurre muchas veces en ambientes de dinero y dolce vita. O sea que aquí hay muchas convergencias de realidad, en donde los estamentos y las clasificaciones se han vuelto fluidas y mutantes.

Como buen Lazarillo, Jorge ha trabajado de muchas cosas: vendedor de cajas, protector de putas, tatuador de máquina hechiza, vendedor de falsa cocaína, caco. Trabajó asimismo en la Muni, como peón y ayudante (de albañil, de herrero, de carpintería, de todo). Le tocó tirar asfalto y aplastarlo. Levantar paredes perimetrales. Hacer banquetas. Burros de metal. Pueblas lisas de madera. Otra cosa que hizo fue comprar ropa, chumpas en las pacas, revenderlas luego.

El Lazarillo hace lo que puede con lo que puede. Y siempre sobrevive. Es el Lázaro perpetuo.

En Guatemala, el artista es casi siempre un subgénero del lazarillo.

No sé si ya lo he dicho, pero yo tengo mucho amor por los lazarillos. Guatemala es un gran país–Lazarillo.

 

Jorge estuvo entrando y saliendo de las cárceles durante unos tres años. Ya estaba harto. Nada de eso tenía sentido. El centro era una retícula de densidades, una flor de territorios, un solo agujero en el cristal del no future.

Pero Jorge tampoco quería entrar al sistema.

Se le ocurrió una solución elegante: entrar a la Escuela de Artes Plásticas. Salvo que la inscripción costaba cincuenta pesos, y los cincuenta pesos se los paró dando a una su traida que trabajaba en el Trébol, y ya no pudo entrar.

Es de aclarar que Jorge a todo esto había estado creando, haciendo dibujos, en medio de tantos enveses: es decir que había heredado el universo artístico de la familia de su padre.

Y luego también se puso a tatuar, práctica que estuvo realizando por algún tiempo.

Fue su tío Zipacna –el renombrado pintor, ya muerto– quien le ayudó a ingresar –y esta vez sí lo hizo– a la ENAP, año 99. Roberto Cabrera era el director de la Escuela, nada menos. Un momento muy propicio, es decir. Daban clases: Rodolfo Abularach, Manolo Gallardo, Ramón Ávila, Irma Lorenzana de Luján, Ana María Sobral de Segovia: una nada desdeñable élite cultural.

Jorge se voló cinco años en la ENAP, en plan oyente. Gracias a la ENAP pudo conectar con toda clase de personas interesantes. En un taller que diera González Palma, conoció por ejemplo a Darío Escobar, Sandra Monterroso, Irene Torrebiarte, Regina Galindo, María Adela Díaz, Jessica Lagunas…

Luego también participó en la experiencia Colloquia, aquel laboratorio de ideas estéticas vinculado a González Palma y otras figuras, que conformaban a su vez una suerte de cenáculo fresco y vibrante.

Otra experiencia formadora relevante para Jorge fue haber ido a esas satsangs artísticas que mantenía el inolvidable Danny Schafer, en donde se sentía la verdad del arte con especial intensidad. Un maestro severo y genial.

Y así Jorge se fue informando. Y así Jorge se hizo artista.

 

Jorge despuntó, se hizo conocido en el medio artístico con aquel su performance en donde se cosió mitológicamente la boca, llamado El círculo (2000). Fue realizado en el año 2000, en el contexto del festival Octubre Azul. Era una protesta acaso contra el silencio, contra la silenciosa complicidad social, contra el silencioso sistema silenciante. Y era como si cosiéndose la boca se la estuviera descosiendo.

Por cierto que vimos algo parecido hace unas semanas, cuando un fan de las chicas de Pussy Riot también se cosiera la boca en señal de apoyo al colectivo feminopunk.

Poco, por demás, sirvió. Las terminaron condenando –a tres de estas vibrantes, coloridas chicas– a dos años de prisión, todo por una travesura más bien ridícula, como ya lo dije en una columna.  Se ve que coserse la boca en contra de la cultura de la represión es un gesto bello, pero estéril. No pasarán, decía el eslogan, salvo que sí pasaron. No importa: Pussy Riot constituye el soundtrack oficial de este artículo; y a Jorge de León le guardamos bronco respeto por zurcirse el hocico.

La mitad del cosimiento lo hizo el mismo Jorge; la otra mitad se la hizo alguien más. Probó hablar: claro no pudo. Se acostó en el piso, se encerró en sí mismo, viendo el techo, mientras la gente miraba, susurrante.

Como uno es morboso, uno le pregunta a Jorge si le dolió esta operación artística. “Mi resistencia al dolor es bastante amplia”, dice. Claro, uno escucha algo como eso y piensa en la escena de Chuck Norris y la rata en Missing in action 2. Pero algo habrá que creerle a Jorge de León, sobre todo cuando uno escruta esa gigantesca cicatriz mutante que tiene en la panza.

Las fotos del performance El círculo las tomó Regina Galindo, artista de la misma generación de Jorge de León, la generación de Octubre Azul, como la llama en entrevista Rosina Cazali.

Luego de El círculo, Jorge de León ha hecho otros performances.

En Performance y objeto (2001) de León se tatúa el logo de Nike en el pie, en los pies, una obra que da como admiración por su sencillez y fuerza. Fue un performance hecho en México; la primera vez por cierto que Jorge salía de Guatemala.

En In/Out (2005) de León cubre una paca con pura carne, analizando la naturaleza de las transacciones que se dan entre el país y Estados Unidos.

En Recuerdo (2008) de León se cubre él mismo de micropore, para luego ir sacándoselo todo, psicomágicamente.

En Loop (2010) de León pone a un caballo a arar en la arena, estérilmente.

Además de sus performances, hay que ponerle especial atención a sus espléndidos dibujos (serie Homo Logo), con todos esos personajes vacíos, sin jerarquía, reduplicados, amurallados, amurallantes, plasmados en ausencia.

Jorge traza a los masa, a los aplastados, a los prescindibles, a los picadillo de carne, a los sin significación, los rostroborrados, los carnedecañón.

Los prisioneros de las colonias de la nada.

Los engendros de las ciudades del control.

Los zombis al servicio del Dios Block.

 

El block es elemento que aparece con frecuencia en el lenguaje simbólico de Jorge de León. Nada más ordinario, pero a la vez más metafórico, que un block.

En Radiografías en cajas de luz Jorge de León rinde fotos de su propia osamenta, en placas fotográficas, pero además por medio de un procedimiento especial (nitrato de bario) consigue que los rayos x capturen los diseños de sus tatuajes.

Lo último que conseguí ver de Jorge de León fue un video–obra llamada Combustión, presentada en la reciente edición de la Bienal Paiz, en donde una brasa azuloide le enguanta las manos, ilumina el torso súbito, alumbra las marcas indelebles, puestas allí por un jaguar callejero.

El arte y la marginalidad siempre ha encontrado nexos imprevistos, y modos parasitarios de convivencia.

Por un lado, el arte supo descubrir en todo aquello separado, desahuciado y deletéreo, una fuente insospechada de frescura, que luego procede a cubrir de enzimas, deglutir, procesar, descafeinar, pacificar, hasta convertir en algo safe, y a veces, más cruelmente, en albur, en broma de cóctel, y seguramente en la comidilla de las comunidades cibersociales, que terminan el proceso de comodificación.

Se puede decir que la marginalidad posee un rol adecuado en la estructura toda en el arte, y siempre sabe admirar el hecho de que el artista marginal tenga un poquito de cirrosis, o haya decidido a jugar Guillermo Tell con la esposa, lo cual siempre queda camp.

De otra parte, la marginalidad –autoinfligida o heredada– ha encontrado en el arte una forma de generar sentido y resignificación, dinero y reconocimiento. Y de seguir un tanto al margen, aún en el sistema.

Para que esta relación parasitaria funcione, el arte mitologiza la marginalidad, y la marginalidad mitologiza el arte.

Es muy difícil deshacer el nudo arte/marginalidad, y pocos lo han logrado, y quizá solo alguno, llamado Rimbaud.

Hay muchas formas de arte (poesía, rock, performance, contracultura) para muchas formas de marginalidad (droga, ilegalidad, enfermedad física o mental, pobreza, persecución política o moral, ostracismo, suicidio, olvido, cuatrerismo, sociopatía, y en general todos los nihilismos pre y posrománticos y producciones de decadencia que se han venido asentando desde Villon hasta nuestros días).

 

En Guatemala hemos tenido una saludable cuota de artistas marginales, así en la poesía, en la música, en el performance, y algunos saludables escándalos en las galerías.

Jorge participa actualmente en dos o tres exhibiciones anuales.

Maurice: ¿qué pasaría si le quitáramos el arte a Jorge de León?

Jorge: Me deprimiría demasiado. Es lo que me mantiene activo, pensando, solucionando.

Además de artista, Jorge también empezó luego a dar clases de arte, en la Fundación Paiz.

Para pasar luego a la Escuela Municipal de Pintura, y hasta la fecha.

Jorge se plantea a sí mismo como un guía en los procesos del arte. No cree mucho en eso de plantarse enfrente de una clase y decir yo soy el que sé, yo soy el que tengo las herramientas, yo soy el Maestro.

A Jorge le llena de alegría cuando algún viejo alumno se comunica con él.

La docencia ocupa un lugar importante en su vida y es mucho de su modus vivendi, aunque aún continúa haciendo sus negocitos en la calle.

Además Jorge ha estado trabajando en un proyecto por demás interesante, con aquellos sus amigos de la foto.

Es un proyecto viejo, que no ha terminado de concretarse, por falta de medios.

Hasta donde he entendido la idea consiste en aprovechar materiales usados y de deshecho encontrados en la calle, como llantas, y transformarlos en objetos de diseño, como sillas.

También es parte de la idea que estos objetos sean elaborados en un taller de diseño industrial, compuesto por personas de la calle, marginales y pandilleros. Cada cual trabaja de acuerdo a sus habilidades. Se le paga por hacerlo. Y es así cómo se le va incardinando a la sociedad, sin represión ni moralismos.

A Jorge le gustaría cristalizar esta iniciativa a un nivel ya inclusive centroamericano.

Hasta ahora Jorge solo ha hecho una especie de prueba a escala del proyecto (poniendo el taller en su propia casa).

La calamidad de Jorge sigue siendo el de la gestión: cosa que no sabe hacer, y que más bien detesta. Esto es: elaborar una plataforma formal para el proyecto, pitchear, conseguir los fondos adecuados, la financiación.

Y de esa cuenta el taller se le ha atrancado.

Jorge me va enseñando las fotos de los productos ya hechos, que no dejan de ser interesantes.

No hay limpieza social que pueda competir con esta sencilla y poderosa idea de Jorge.

Ha dicho Jorge Larrosa, poeta de la Zurda, en entrevista a Página 12: “Esta mal el concepto de ’muerto el perro se acabó la rabia‘ porque siempre van a quedar 10,000 perros y una perra preñada”.

Jorge de León más bien recuerda aquella época artística, aquellos finales años de los noventa y principios de los dos mil, con evidente nostalgia. Y no lo culpo: fue un buen momento, una ola fuerte y dulce y genuina, inocentísima, en donde confluía todo, música, poesía, performance, todo.

Yo sé. Estuve allí.

Lo que pasa es que la cosa luego cambió: “Fuimos asumidos por las instituciones, empacados, clasificados, engavetados”, explica Jorge.

Algunos se cayeron entre las grietas de la ciudad.

Le pregunto a Jorge si le va bien ahora, como artista. “Son etapas”, contesta. Queriendo decir que a veces la cosa funciona pero también hay un arar en la arena, como el caballo de su performance.

La verdad es que Jorge no ha conseguido encontrar del todo su nicho exacto en la máquina del arte, como ya lo hicieran por ejemplo una Regina Galindo o un Darío Escobar.

“Es un problema eso de no entender cómo funciona el mecanismo de la burocracia artística”, me comenta.

Cuando nos dirigíamos hacia su casa, Jorge me hablaba de lo difícil que es vivir, mientras una manifestación pasaba a nuestro lado, al sonido de una vuvuzela reverberante, ya a estas alturas todo un instrumento de expresión política, y las personas algo pedían y necesitaban. La imagen confirmaba cinematográficamente eso mismo que Jorge me estaba diciendo, que la vida es una monumental, una indeclinable Metida de Huevo, el continuo pujar de diez mil acezantes cuerpos, es ir perdiendo los dedos en las vengativas máquinas del sistema, es un verduguillo medio frío y medio caliente, ya incipiente, ya intuido en nuestras tripas.

Perforante la vida sigue perforando.

El lazarillo continúa su andar por la ciudad.

Jorge no cree en el Estado, no cree en la Sociedad Civil, no cree en las Oenegés, y dudo que le inspire hacer jogging por las mañanas.

Me doy cuenta de que la historia lineal, arquetípica, redentora, que yo estaba buscando, en realidad no existe. Será porque esa clase de historias solo existen en E!

Y menos mal. Qué bueno que Jorge no ha terminado como Alex, de La Naranja Mecánica, cebado por el sistema, rodeado de flores, fotografiado heroicamente, curado.

Cuando Jorge llegó al mundo del arte, pensó que la gente allí era educada y con buenas intenciones, diferente a la gente de la calle. “Pero son la misma mierda”, expresa.

Termino la entrevista. Tomás, el perro artrítico, aún duerme, pero de vez en cuando se rasca, tectónicamente.

Algunos días más tarde, fui a la presentación de la octava edición de la revista RARA, que se presentó en el LUX, muy cerca por cierto de donde estábamos charlando con el poeta de los haikus.

Masiva genealogía de gente bebiendo mojitos. Mara buena onda y mara mala onda. Varios desconocidos me provocan, así de la nada, porque me confunden con un hipster, los mulas, o porque les parezco demasiado gringo o porque no les cae bien Maurice Echeverría o sencillamente porque están a verga.

A lo lejos percibo a Jorge, pero hay mucha gente entre nosotros, y decido que voy a ir saludarle luego (aunque luego ya no lo encuentro). En ese momento me pregunto cuántos en esta fiesta tendrán unas cicatrices tan bellas como las suyas.

Qué señoras cicatrices.

Fuente: http://www.plazapublica.com.gt/content/jorge-de-leon-perforado