ARTE Y POSGUERRA EN GUATEMALA – Carol Zardetto

POR CAROL ZARDETTO

 

“Pienso en Árbenz, nos habían derrotado, lo habían vejado en el aeropuerto de Guatemala, en él nos habían vejado a todos los guatemaltecos.”

Luis Cardoza y Aragón

 

 

Al abrir el periódico esta manaña, me sorprende encontrar en la portada la fotografía de Jacobo Árbenz en el momento de su derrocamiento. Está en ropa interior. La cámara captó justo el momento en que se despoja de su camisa blanca.  La narrativa histórica nos había trasladado ya aquella fábula: los golpistas de la Liberación lo obligaron a desvestirse para satisfacer su ánimo vejatorio. El mandatario partía al exilio y ellos estaban orgullosos de haber apoyado la intervención norteamericana en  Guatemala.

Han pasado sesenta años desde aquel 27 de junio de 1954. Curiosamente,  la vieja fotografía vuelve a ser contemporánea. Árbenz ya no está solo y desvestirse ha dejado de ser un gesto vejatorio.  Decenas de hombres y mujeres guatemaltecos, muchos de ellos demasiado jóvenes para ser acusados de patológica nostalgia revolucionaria, actualizan el gesto y lo acompañan. Para ellos, Árbenz y el despojo de sus vestiduras se ha convertido en una metáfora que esclarece. No sabían aquellos altaneros militares que su gesto soberbio consumaría una relación imposible y fértil: generaciones de jóvenes del siglo XXI,  convocados por una vieja fotografía, manifiestan su adhesión al supuestamente sepultado proyecto político de Árbenz.

¿Significa esto que los guatemaltecos empiezan a ver en la Historia las claves para comprender el sucio proceso político y social que nos llevó primero a la guerra civil y luego, al derrumbamiento institucional e ideológico?

La singular obra fotográfica concebida por Martín Díaz Valdez con fotografías de Alejandro Anzueto es una expresión de arte contemporáneo con resonancia en la estética relacional de Bourriaud. Y su efecto de inmediata y espontánea respuesta, nos recuerda que una obra artística tiene capacidad de convocar precisamente porque la gente que la recibe ve en ella una síntesis constructora de significado que le ayuda a nombrar la realidad.

Según enunció Ludwig Wittgenstein, lo que no se nombra no existe. El lenguaje permite organizar la realidad, amorfa y siempre en estado de fuga. La realidad nombrada es la realidad domesticada, aprisionada dentro de la caja de un concepto. Sin embargo, con todo y la tiranía que impone, el lenguaje es la más refinada herramienta que tenemos para estructurar nuestras ideas, para pensar, para intervenir  los acontecimientos e intentar, en la mínima porción que nos es permitido, desviar el curso improvisado de los hechos. De esa cuenta, las palabras (así como las metáforas que el lenguaje artístico propone) son fundamentales.

“una obra artística tiene capacidad de convocar precisamente porque la gente que la recibe ve en ella una síntesis constructora de significado que le ayuda a nombrar la realidad.”

Intentando comprender el momento que vivimos, intentando nombrar lo que nos propone la fotografía de Árbenz en el 54, acompañada el día de hoy en una publicación de periódico por decenas otras fotografías de personas que imitan su gesto, pronunciamos la palabra  posguerra.

Se ha pronunciado poco la palabra posguerra en Guatemala. Me parece que la timidez para acercarse al tema tiene que ver con cosas profundas. Para empezar, mucho costó que “la oficialidad”[1] aceptara que la guerra aconteció. De hecho, conflicto armado interno, fue un eufemismo creado para navegar el oscuro mar de las palabras, evitando el filo de otra funesta: guerra.

Luego, arribó el precipitado intento por arrancar “las páginas oscuras de la historia”, y “ya no hablar más de eso”, expresiones que no han hecho sino que resaltar la culpabilidad que sienten muchos involucrados con las partes más execrables de lo que nos pasó. Aniquilar la memoria, silenciar los recuerdos, se volvió una demanda brutal de los sectores que manejan el poder. Y sin embargo, la gente recuerda.

Y no solamente recuerda, sino que quiere comprender. Aclarar las cosas, entrar en los detalles de cómo sucedieron, saber quiénes fueron los responsables. Y no solamente quiere saber, también reclama justicia. Al hacerlo, las personas articulan un sentimiento complejo. No se trata de regresar al pasado, sino de aprender a organizar la realidad de otra manera. Emitir juicio sobre el desvío implica la posibilidad de crear un futuro distinto.

¿Y cómo participa el arte de este proceso que quiere nombrar todas las cosas que arrastra  ese naufragio llamado posguerra?

Me parece que, en cuanto a la creación simbólica de la posguerra, estamos apenas iniciando un proceso que aparte de ser reciente, ha estado escindido. Los artistas que participaron activamente en política o militancia generaron obras directamente vinculadas con sus vivencias de la guerra.  Sin embargo, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, se produjo un enorme silencio, roto quizá solamente por la literatura testimonial que floreció al finalizar el conflicto.

Los jóvenes artistas que empezaron a producir obras en los años 90 mostraron poco interés por el proceso histórico reciente y una definida decisión de divorciarse de la genealogía de artistas que habían participado militar o ideológicamente en el conflicto.[2] Para muestra de lo distante que parecían los hechos de la guerra a la generación joven, cito a Javier Payeras en entrevista que me concedió en el 2010[3]: “Para mí, la llegada del cable a mi colonia fue como la llegada del hielo a Macondo. Mi generación literaria que empezó a escribir con las editoriales emergentes de los noventa, nos enteramos de que había guerra en Guatemala por CNN, en medio de esta burbuja social que es la clase media urbana.”

Tierra (2009) Regina José Galindo (foto: Bertrand Huet)
Tierra (2009) Regina José Galindo (foto: Bertrand Huet)

Después de esta entrevista, apenas dos años después (2012), el propio Javier Payeras publicó en su blog[4]  un artículo que se refiere a un conversatorio de las novelas de la posguerra en Guatemala del que ambos participamos y hace la siguiente reflexión: “La discusión fue por demás interesante. Por extraño que parezca, a la fecha no se había conversado acerca de la “posguerra” en el plano meramente literario. Recuerdo que cuando empezamos a publicar nuestros primeros libros, a finales de la década del Noventa, nos colocaron dicho marbete de forma inmediata. Ahora, diez años después, opino que tal categoría no es acertada. La posguerra no la conformábamos los intelectuales que en ese entonces salíamos de la adolescencia. Todo lo que esto significa estaba encriptado en la obra de escritores que vivieron el exilio, la derrota histórica de la izquierda o la tristemente anunciada privatización de la vida que ocupó a los gobiernos de la región centroamericana a inicios de este milenio… Sin embargo fue a partir de los primeros años del Dos Mil cuando la literatura comenzó a buscar en los despojos de la guerra su significado. Novelas que tienen como punto de partida los Archivos de la Policía Nacional (El Material Humano de Rodrigo Rosa), o el retorno luego de un largo éxodo (Con Pasión Absoluta de Carol Zardetto), o las enormes contradicciones ideológicas de la lucha armada (Sopa de Caracol de Arturo Arias), o la barbarie asumida como política de estado (El árbol de Adán de Gerardo Guinea, El arte del asesinato político de Francisco Goldman) o la victoria del desencanto cínico y trágico (Indolencia de Horacio Castellanos Moya, Ruido de Fondo)… todo eso que son acaso las formas adoptadas para transcribir este laberinto lleno de minotauros que hoy llamamos Guatemala del presente.”

En ambas reflexiones encontramos un proceso interesante de toma de conciencia.  Javier Payeras formó parte de un importante movimiento artístico que gestó Casa Bizarra y Octubre Azul, así como de la legendaria propuesta de Editorial X encabezada por Estuardo Prado. Sin embargo, estos movimientos iban más encaminados a fortalecer una disidencia contracultural que a voltear la mirada y hacer un examen de la historia reciente y traumática del país.  No eran movimientos engendrados por el cuestionamiento de las razones y las causas, sino más bien una mirada cínica sobre el panorama actual de las cosas, cortando deliberadamente con el pasado y rechazando cualquier genealogía en el campo artístico. ¿Por qué el cambio de visión?

Me parece que la clave está en unas palabras que menciona el propio Javier: Los despojos de la guerra.  Ciertamente, la guerra en Guatemala empezó a parecernos real a los guatemaltecos del área urbana cuando empezaron a salir de las tumbas clandestinas los huesos de los muertos. Eso significa que el proceso social de acercamiento a la realidad de la guerra lo han originado principalmente las actividades forenses: el desentierro, el proceso de identificación de los desaparecidos, y luego, los rituales mortuorios. Los hallazgos funestos cambiaron para siempre las imágenes amables de quienes se fueron, por otras de calaveras y huesos deshilvanados. Aún así trajeron alivio. Finalmente la muerte tiene en esas tumbas con nombre un espacio real que nos aleja de lo fantasmático.

Aparte de los huesos y su concreta presencia, está la apertura de los archivos secretos.  De allí han salido narrativas burocráticas obscenas. Con lujo de detalles hemos aprendido a ver, por ejemplo, en los Archivos de la Policía (mejor conocidos como La Isla), con qué frialdad se fraguó la destrucción de gente como nosotros. He pensado mucho por qué estas narrativas han tenido más impacto quizá que los propios testimonios de las víctimas narrados en el REHMI o en el Informe de la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad.  Me parece que su impacto en nuestro imaginario está en el terror que para nosotros significaban aquellos crípticos recintos del silencio donde desaparecían las personas sin dejar rastro y que tan bien representaban una estructura implacable de poder vertical.  Abrir esos espacios y volverlos públicos nos devuelve, de una manera particularmente significativa, la dignidad de la memoria y, con ella,  la pertenencia a la Historia.

También se han incorporado a ese caudal los documentos de la guerra.  Ellos nos explican cómo se orquestaron las masacres, qué lógica inspiró la puntual destrucción de una comunidad humana, tras otra.  Los testimonios de los sobrevivientes son el recuerdo de los extremos a los cuales puede llegar la perversión cuando se asegura a los ejércitos la salvaguardia  de la impunidad.

Sacar a luz los huesos, los testimonios, los papeles oficiales, ha tenido su lógica consecuencia: una ola de procesos legales en contra de los responsables.  De particular efecto simbólico ha sido el juicio por genocidio planteado en contra de Efraín Ríos Montt, ese gran patriarca, encarnación del Señor Presidente que Miguel Ángel Asturias dejó impreso para siempre en nuestras conciencias. Las evidencias aportadas por las víctimas, especialmente ciertos expertajes rendidos, constituyen  una  nueva producción de materiales imprescindibles para articular la realidad de este país, especialmente las reflexiones en torno al racismo.  Además, y de manera fundamental,  esta acción judicial implicó una contundente demanda  de reconocimiento a la ciudadanía indígena, tema hasta hoy invisibilizado por la cultura mestiza predominante.

Frente a semejante embestida de la realidad, los artistas han reaccionado con obras que pretenden elaborar sentido alrededor de la posguerra.  La producción documental, por ejemplo, nos ha dejado el legado de varias obras:  La Isla: archivos de una tragedia, de Uli Stelzner se refiere precisamente al Archivo de la Policía y los procesos que ha desencadenado el trabajo forense sobre los documentos encontrados,  Velemos contentos (2014) de Misha Prince tiene que ver con la excavación de tumbas y la recuperación de los restos de familiares asesinados en una comunidad Ixil,  Granito de Arena, de Pamela Yates se realizó sobre el proceso judicial de genocidio iniciado originalmente en España. Y estas son solamente algunas de las producciones.

“Frente a semejante embestida de la realidad, los artistas han reaccionado con obras que pretenden elaborar sentido alrededor de la posguerra.”

La cinematografía de Julio Hernández refleja la misma toma de conciencia que antes había comentado en cuanto a Javier Payeras. Por un lado Gasolina y Las Marimbas del Infierno omiten el comentario político y se pueden considerar expresiones contraculturales de lo que se ha llamado una generación “bisagra” [5].  Sin embargo, Polvo la tercera película (2012) de lo que él concibe como una trilogía, se inserta ya plenamente en la posguerra, con un protagonista que pretende vengar la muerte y desaparición de su padre.  En el mismo sentido, Distancia de Sergio Ramírez, es una película acerca de una niña secuestrada por el Ejército guatemalteco y se ocupa de otro de los temas importantes de posguerra: el reencuentro de familiares que se perdieron unos en medio de los acontecimientos confusos de la guerra.

Una de las fotografías que más identifican a Daniel Hernández-Salazar es El ángel que grita justicia. Se trata de un cuerpo con un omoplato de una exhumación de las víctimas de la guerra.  En fechas recientes, cuando se celebraban las audiencias del juicio por genocidio, esta imagen fue colocada en varias camionetas que circulaban por la capital con la leyenda “sí hubo genocidio”, expresión por demás gráfica de cómo la contemporaneidad en Guatemala es de posguerra y de que el arte apoya este proceso produciendo narrativas e imágenes que ayudan a nombrarla.

Se han producido variadas obras de arte contemporáneo también: Regina José Galindo se inspiró en uno de los testimonios vertidos en el juicio por  genocidio para su performance llamado Tierra (2013), en el cual representa la manera en que los indígenas eran enterrados por el Ejército en enormes fosas comunes abiertas por retroexcavadoras; Aníbal López creó su obra 30 de junio (2000), en la cual desparramó carbón para que los militares que marcharían en el desfile recordaran cómo incineraron a gentes y aldeas dejando llenas de carbón las tumbas clandestinas durante la guerra;  y Abstracción Azul (2012) de Naufus Figueroa en la cual pinta de azul a una persona como metáfora del proceso del olvido de un familiar asesinado durante el conflicto, desde la perspectiva de alguien que tuvo que vivir en el exilio, en una comunidad de exguerrilleros guatemaltecos.

Por supuesto que un ensayo como este mal podría intentar ser exhaustivo.  Pero más que inventariar las obras, me interesa resaltar la participación de los artistas en la elaboración de un sentido histórico que recién se inaugura. Treinta y seis años de gobiernos militares y autoritarios impusieron silencio social y, con este silencio, una supresión de la reflexión histórica. El despertar de aquella modorra ha sido lenta, pues varias generaciones se transformaron, paulatinamente, en ahistóricas (fuera de la Historia).  Quizá no es demasiado aventurado afirmar que han sido las poderosas imágenes que provocan esos despojos de la guerra, los detonantes para una, cada vez más apasionada, reflexión sobre las causas.  Entonces, esas imágenes que nos revelan  la  verdad sobre la guerra, nos han devuelto a la Historia.

Guatemala contemporánea es su posguerra. Ha sido un proceso difícil, porque el enfrentamiento armado no logró resolver los conflictos profundos que la originaron.  La muerte y la sangre no conmovieron las estructuras hasta el punto de provocar un compromiso de cambio radical. La posguerra tiene el sabor de una trinchera. Y hoy pareciera ser que la mayor parte del país se encuentra en resistencia.

Debido a esta situación crucial, más que girar alrededor de teorías artísticas hegemónicas para curar la producción de arte en nuestro país, deberíamos estar formulando teorías propias que nos acerquen al fenómeno que tenemos frente a nuestros ojos. ¿Cómo podemos ayudar a construir la teoría sobre la cual la producción artística podrá apoderarse de la posguerra para generar una semilla de transformación en el imaginario de este país? ¿Cómo podemos desde la producción artística ayudar a atar los cabos que nos permitirán, finalmente, convertirnos en sujetos de nuestra Historia?

 

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NOTAS:

[1] Por oficialidad entiendo no solamente a los estamentos institucionales, sino a los sectores sociales que manejan el flujo de información y los discursos del poder.

[2] “No tuvimos un hilo de conexión con la literatura testimonial de la guerra ni con la literatura sesentera de Guatemala.”  Javier Payeras, entrevista concedida a Carol Zardetto, publicada en La Revista del Diario de Centroamérica, el 30 de noviembre del 2010.

[3] Entrevista publicada en La Revista del Diario de Centroamérica, el día 30 de noviembre del 2010.

[4] Este artículo publicado en el Blog de Javier Payeras,  se refiere a un evento realizado en el año 2012, con motivo del Festival del Centro Histórico “Taberna literaria: novelas de la posguerra en Guatemala”.

[5]  Según Javier Payeras, Julio Hernández y los artistas de su generación han producido obras que son: “Una interpretación subversiva de lo que significa ser joven y no tener ningún futuro por delante.”

 

 

*Carol Zardetto, escritora guatemalteca. De profesión abogada. Fue viceministra de Educación y Cónsul General de Guatemala en Vancouver, Canadá. También ha sido consultora en temas de transparencia y combate a la corrupción en la Administración Pública. Ha colaborado con el Ministerio de Educación en el diseño de programas de Educación Artística. Es autora de cuentos y ensayos literarios y políticos. También ha escrito teatro y crítica teatral en la columna Butaca de dos publicada en el periódico Siglo XXI de 1994 a 1996 y actualmente es columnista de El Periódico.  Ha escrito los guiones  para varios documentales. Su cortometraje “La Flor del Café” fue nominada a mejor corto documental en el Festival Ícaro de Cine del año 2010. Con Pasión Absoluta,  su primera novela,  fue galardonada en el año 2004 con el Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo. El discurso del Loco, cuentos del Tarot, es su segunda obra publicada en el año 2009. En el año 2011 elaboró el libreto para la ópera guatemalteca denominada Tatuana.  Su última novela Nueva York, Benevolente, está pendiente de publicación.

 

Para citar este ensayo: Zardetto, C. (2014). Arte y posguerra en Guatemala. Gimnasia – Ejercicios Contemporáneos. Recuperado de https://revistagimnasia.com/2014/07/10/arte-y-posguerra-en-guatemala/