NOMBRAR LO INNOMBRABLE: UN ACERCAMIENTO A LAS IDEAS ESTÉTICAS DE HERBERT MARCUSE – Gustavo Larach

Merma

POR GUSTAVO LARACH

En diversos ensayos y ponencias sobre arte y cultura, Herbert Marcuse explica cómo la obra de arte permite al espectador poner en juego su imaginación liberada en el seno de la sociedad. En mi experiencia personal, los escritos de Marcuse me han ayudado a entender prácticas artísticas que buscan inducir cambios sociales en la Honduras de hoy. Eros y civilización, estudio crítico sobre las ideas de Sigmund Freud, contiene un capítulo titulado La dimensión estética, por ejemplo. Ahí Marcuse desarrolla una noción de estética a partir de los postulados del idealismo alemán y las ideas de Freud. En 1978 Marcuse escribió un libro increíblemente perspicaz: La dimensión estética. Es ahí donde aprehendí muchas de las ideas que voy a tratar de elucidar en los siguientes párrafos. Me interesa, por un lado, resaltar el impulso utópico de tal estética, entendiendo la utopía como un no-lugar, un espacio externo al mundo de signos que habitamos, más que una visión prescriptiva de comunidad. Por otro lado, quiero enfatizar la agencia de la espectadora o espectador para generar, desde ese espacio otro,  una visión de comunidad que contrasta discursivamente con el panorama actual.

Partamos por reconocer que lo que se nos ofrece como ‘real’ en los medios, en los discursos de portavoces de estados nacionales y corporaciones, e incluso en el sistema educativo, no son más que representaciones que comportan un abismal desfase con lo real tal cual transpira en nuestra experiencia cotidiana. Dicho de otra forma, hay un abrumador desfase entre dichos ‘discursos oficiales’ y nuestra propia experiencia, entre las ficciones (con)fabuladas por las instituciones dominantes y nuestras propias pulsiones psíquicas, que inconscientemente impactan cada giro de nuestra conducta, nuestras actitudes hacia el mundo que nos envuelve y, sobre todo, hacia los otros. La filosofía contemporánea, y en especial el psicoanálisis, nos enseñan que habitamos un mundo de signos cuyo ocasional traslape con lo real es tan incidental como involuntario. Nuestros signos y lo real son cosas muy distintas entre sí. Lo real está fuera de nuestra conciencia; nuestro aparato psíquico lo reprime constantemente porque es demasiado ominoso para estar consciente de ello todo el tiempo. Enfatizo: Es importante reconocer que nos comunicamos e interactuamos como entes sociales a través de signos que guardan mucha distancia con lo real. Nuestras palabras son mucho más convencionales y subjetivas de lo que estaríamos dispuestos a aceptar. Típicamente llevamos la sensación de que hablamos de algo muy concreto, pero la mayoría del tiempo las palabras obliteran lo real más que revelarlo. Localizado fuera del mundo de signos que habitamos, lo real permanece desarticulado, y cuando logra desplazarse e introducirse en nuestro lenguaje, ha sido ya trastocado: en el proceso de articularse en las estructuras preestablecidas del lenguaje ha perdido la forma y sentido que tenía antes de ‘entrar’ al lenguaje. En el proceso de buscar conscientemente la forma de expresar el núcleo más profundo de lo humano, lo real nos elude, se desplaza y genera las formas y signos que nos envuelven; el núcleo vital que nos motiva a expresarnos queda siempre fuera de esa expresión, pues tal impulso elude articulación.

¿Qué implicaciones tiene esto en un proyecto de vida comunitaria? Nuestros esfuerzos por satisfacer nuestras necesidades, tanto materiales como inmateriales, gestan nuestra cultura, es decir, van formando un sistema de relaciones sociales que debería facilitar la producción de nuestro bienestar común. Paradójicamente, este mismo movimiento genera contradicciones entre las personas. De hecho, si pusiéramos en juego todos nuestros impulsos de forma desinhibida, ¿no habría entonces choques constantes entre nosotros? Como de hecho sabemos, hay serios conflictos cada día, aunque se supone que oficiales estatales y empresarios (que ahora parecen ser la misma cosa), pastores y obispos, militares y policías, maestros y educadores no buscan más que nuestro bienestar. En Honduras 22 personas son asesinadas por día. La realización de nuestros sueños y su inhibición están en un mismo continuum. Es muy importante reconocer esta profunda contradicción al momento de hablar de lo utópico, pues pareciera difícil reconocer el momento en que nuestros sueños se tornan pesadillas.

Merma
Lucy Argueta, ‘still’ de video de la obra Merma (Video-instalación), 2012

Una concomitante crucial de nuestra aptitud para eludir constantemente lo real resulta ser que lo que nosotros asumimos como ‘realidad’ no es más que nuestra propia construcción subjetiva. Consideremos por un momento el modo en que nuestros procesos subjetivos se relacionan al arte. El trabajo artístico se nos presenta como una estructuración de signos.  El artista pone en relación varios elementos sígnicos, ya sea en un lienzo o a un nivel menos material. Desde hace unos 50 años se habla de la desmaterialización de la obra de arte, donde la artista estructura signos a un nivel conceptual y no necesariamente sobre la base de una materialidad, un objeto que podamos asir con las manos. En esta estructura, los signos pueden relacionarse de manera dinámica cada vez que apliquemos a ella nuestra perspicacia. Nuestro entendimiento del mundo parte, en gran medida, de nuestra experiencia personal, de nuestro esfuerzo de comprender y adaptarnos a nuestro entorno. Cuando un espectador se aproxima a la obra con la intención de encontrar sentido en ella, su imaginación lo lleva a establecer relaciones entre sus diversos elementos. Al crear conexiones establecemos una sintaxis peculiar (y a veces efímera) que conlleva significados específicos a la imaginación que se ha vertido sobre la obra. Por tanto, el sentido que adquiere una obra no es necesariamente el mismo cada vez o para cada espectador. La significación es inestable. Puedes leer un libro y producir su significación de manera muy congruente, y luego volverlo a leer (tú mismo o alguien más) y elaborar durante esta segunda lectura otra significación también congruente pero disímil a la primera. Al conducir un auto, es muy importante que nos detengamos ante la luz roja y avancemos ante la verde; pero no así en el arte, pues es mínimamente codificado. El arte en nuestra cultura contemporánea comporta una estructura abierta a la peculiar imaginación de las personas, a su modo de entender las cosas. Gracias a su capacidad de incorporar subjetividades heterogéneas, el arte nos permite darnos cuenta de que la forma en que hemos concebido el mundo no es la única posible (y mucho menos la mejor: no puede serlo si deben morir por homicidio 22 personas al día).

Marcuse nos enseña que el arte acarrea la negación consciente del modo de vida que hemos establecido, con todas sus instituciones, con nuestra cultura material e intelectual en su totalidad, con toda su inmoral moralidad. Nos habla del arte como otredad, una sustancia heterogénea a la ‘realidad’ que hemos construido. Desde el arte, o dicho de otra forma, desde ese otro territorio que el arte instaura, podemos distanciarnos de la imagen del mundo que hemos creado, podemos cuestionarla y entender que es una producción que más bien nos aleja de la visión de mundo que nos gustaría instituir. Marcuse no busca en el arte una experiencia estética que nos aleje de un mundo agobiante: esa forma de sublimar resulta para él más bien represiva, porque no nos lleva a una crítica de los prismas alienantes que hemos construido y heredado para ver y pensar el mundo. Es más vital entender que todos contribuimos activamente a que las cosas sean como son a través de nuestra insistencia en reproducir el modo en que interactuamos, pues todo lo que nos resiste en nuestro mundo es producto ello, o del modo en que percibimos nuestras relaciones sociales. Al situarme en un territorio otro, en un no-lugar, puedo poner la realidad entre comillas, intuir su carácter de producto social y cultural, y así reflexionar críticamente sobre su configuración. La nación misma es uno de esos productos culturales que surge de una larga historia de acercamientos y choques entre grupos sociales. Mediante esos procesos dibujamos el mundo que habitamos. Si no estamos todos satisfechos con ese mundo, ¿no valdría la pena extraernos de él aunque fuese sólo con el propósito de recomponer el dibujo, de tratar de imaginar un modo distinto de configurarnos como sociedad?

Si queremos mejorar las condiciones de nuestra existencia es clave reconocer que el lenguaje e imágenes establecidos en la cultura actual no comunican nuestra experiencia real. Aceptar este desfase es precondición del proceso de concebir una mejor forma de producción y coexistencia. Todas las imágenes que consumimos, artísticas o no, corresponden a hábitos culturales. Por ejemplo, es muy común asistir al cine con el fin de reconocer en la película los guiones e ideas de los que ya somos portadores, en vez de tratar de inferir y ponderar críticamente el mundo instaurado en el filme. Tal modo reiterativo de recepción en el cine es sumamente alienante, porque al repetir el guión conocido evitamos integrar nuevos significados al texto fílmico. Nos protegemos así del riesgo lúdico de poner en juego nuestra imaginación y soslayamos los impulsos vitales que desde nuestra psique podrían romper con las estructuras habituales del discurso: conscientemente facilitamos el proceso que impide la articulación de nuestras inquietudes más profundas, como la alarmante disfuncionalidad de nuestra sociedad y sus instituciones dominantes.

“El arte tiene la capacidad de separarnos del mundo establecido, de alienarnos de un modo que no es represivo, que es más bien liberador.”

Marcuse propone un modo de producción y recepción artística completamente distinto. Insiste en tratar de intuir el mundo instaurado en cada obra, en la que sus hombres y mujeres, su música y su paisaje revelan lo que permanece en silencio e invisible en la vida cotidiana. El arte tiene la capacidad de separarnos del mundo establecido, de alienarnos de un modo que no es represivo, que es más bien liberador. Es muy peculiar cómo Marcuse entiende, en este contexto, el proceso de la alienación, porque lo usa en un sentido positivo, como algo favorable. Es decir, el arte nos permite distanciarnos del mundo instituido en las representaciones creadas por las instituciones dominantes: los cuerpos gubernamentales, el sistema educativo, las iglesias, fuerzas militares y policiales, los medios y sus clientes. Éstos dibujan constantemente un mundo al servicio del capital, donde las necesidades de cada individuo se sacrifican en beneficio de un sistema que no provee para todos, que genera una rígida malla de relaciones sociales marcadas por el exclusión, el abuso y la violencia. El arte, si así lo entendemos y lo cultivamos, nos permite morar sobre un terreno desde el cual podemos no sólo objetivar lo que de inhumano hay en nuestra sociedad, sino también dibujar un mundo distinto. Este mundo otro contrasta con la ‘realidad’ formulada por las instituciones dominantes, y por tanto nos permite visualizar tanto su carácter ficticio como las inmorales motivaciones que llevaron a su producción.

Como parte de la cultura establecida, el arte afirma y sostiene la visión que oblitera la concreción de nuestros ideales. Como alineación del mundo establecido, el arte constituye una negación, es decir, nos da la oportunidad de rebelarnos, de oponernos a las construcciones que han sido formuladas en contra de nuestros propios intereses. El arte nos permite desarticularlas, vaciarlas o crear el espacio autónomo y lúdico donde podemos invertir nuestra inteligencia para imaginar formas de experiencia más equitativas y humanas. En ese sentido, el arte constituye una negación de lo actual, de lo que experimentamos en el presente. Para comprender mejor la capacidad del arte de facilitar la oposición entre versiones o visiones de la ‘realidad’ podemos pensar en los distintos momentos o duraciones de nuestra experiencia. Para el caso, presenciamos la obra de arte en un tiempo específico situado antes y después de ese otro tiempo ‘real,’ el del mundo cotidiano. Esto crea la oportunidad de contrastar el mundo que la obra nos permite imaginar contra ese otro en el que bregamos día a día. Ahí reside la habilidad dialéctica (de negación) del arte.

Este arte de la negación coexiste con una formulación ‘positiva’ de la cultura. Es pre-condición del arte una aproximación a lo real tanto como un alejamiento de ello—una represión de su inmediatez. Esta interacción de opuestos nos permite oscilar entre (o circular por) representaciones contrastantes en un movimiento que apela a nuestro sentido crítico, a la necesidad de diferenciar entre formas divergentes de pensar la sociedad, unas más liberadoras y otras más represivas. Marcuse apela a nuestra capacidad intelectual para que discriminemos entre las fugaces imágenes que nos ofrece un calidoscopio en constante revolución, sabiendo que todas son construcciones que se presentan como reales, y nos pide que tengamos el juicio y la inteligencia, así como la fidelidad a nosotros mismos, de reconocer cuál es el ámbito y la experiencia que nosotros queremos procurarnos. Una vez puesta en marcha, nuestra imaginación puede producir el mundo al cual queremos pertenecer, y del intercambio entre los individuos pueden surgir la relaciones sociales necesarias para producir el espacio que queremos habitar.

En la Honduras de hoy, muchos artistas se rebelan contra la asimilación del arte a la  cultura ‘positiva’ u oficial, una rebelión detonada por el intolerable conflicto entre lo actual y lo posible. Las condiciones en que subsisten la mayoría de los hondureños es tan precaria que la función ‘positiva’ del arte, aquella que nos aliena del mundo actual al enfocarnos sólo en la  belleza de la obra, ofende la condición humana. Esta protesta data (por lo menos) de la era romántica, y continua hoy en los esfuerzos de restituir el arte mediante la destrucción de las formas dominantes de percepción, de la apariencia familiar del objeto, pues ésta constituye una forma mutilada de experiencia. El arte nos confronta con los sueños que traicionamos, con los crímenes que olvidamos. Hoy, las practicas artísticas se unen a las filas de la rebelión sólo en la medida en que nos confrontan con un objeto de-sublimado: una forma viviente que da imagen y sonido a lo innombrable, a la mentira y a su refutación, al horror y a nuestra liberación.

 

Bibliografía

Eco, Umberto. Kant and the Platypus : Essays on Language and Cognition.  New York: Harcourt Brace, 2000.

———. The Open Work.  Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1989.

Existential Utopia, New Perspectives in Utopian Thought. Edited by Patricia Vieira; Michael Marder.  London: Continuum, 2012.

Freud, Sigmund, and James Strachey. Civilization and Its Discontents.  New York: W.W. Norton & Company, 2010.

Hartwick, Larry. “On the Aesthetic Dimension: A Conversation with Herbert Marcuse.” Contemporary Literature 22 (1981): 417-24.

Marcuse, Herbert. “The Aesthetic Dimension.” In Eros and Civilization: A Philosophical Inquiry into Freud. 172-96. Boston: Beacon, 1974.

———. The Aesthetic Dimension: Toward a Critique of Marxist Aesthetics.  Boston: Beacon Press, 1978.

———. “Art as a Form of Reality.” In On the Future of Art. 123-34, 1970.

Žižek, Slavoj. Linving in the End Times.  London, New York: Verso, 2011.

———. Looking Awry: An Introduction to Jacques Lacan through Popular Culture.  Cambridge, Mass: MIT Press, 1991.

 

*Gustavo Larach es curador especializado en arte moderno y contemporáneo de Centroamérica. Actualmente es candidato al doctorado en el Departamento de Arte e Historia de la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, Estados Unidos. Su tesis, Tres casos de estudio de narrativas nacionales en el arte centroamericano (2010) explora las formas en que dos artistas de la región: Armando Morales (Nicaragua) y Arturo Rodezno (Honduras) se conciben en el contexto de naciones emergentes a través de sus prácticas pictóricas.  Sus investigaciones se enfocan en el trabajo contemporáneo de artistas hondureños y latinoamericanos, reflexionando acerca de cómo sus propuestas estéticas contradicen los discursos de estado, los medios de comunicación dominantes y abordan diferentes formas de exclusión social. Curó en dos ocasiones la Bienal de artes visuales de Honduras en 2010 y 2012.

 

Para citar este ensayo: Larach, G. (2014). Nombrar lo innombrable: un acercamiento a las ideas estéticas de Herbert Marcuse. Gimnasia – Ejercicios Contemporáneos. Recuperado de https://revistagimnasia.com/2014/06/12/nombrar-lo-innombrable-un-acercamiento-a-las-ideas-esteticas-de-herbert-marcuse/